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March 22 DIECISEIS ESCALONES Aquí va una de suspense.... Marta esperó a que la casa se quedara en silencio y sin encender la luz, descalza, salió de su habitación. Cruzó a tientas el largo pasillo, evitando pisar por donde sabía que la madera del suelo crujía. Se paró delante del cuarto de Sam y Lucy. Sólo se oían los ronquidos del gordo de Sam, que después de la botella de vino que se había tomado con la cena, eran todavía más escandalosos que de costumbre. Marta tenía los dedos sudorosos de tanto apretar la llave del desván. Esta tarde, en un momento de descuido de Sam, había aprovechado para robársela. Rezó para que él no se diera cuenta y, durante toda la cena, no paró de llenarle la copa. Sabía que cuando Sam se emborrachaba, lo único que quería hacer era tirarse en la cama, como un saco, en compañía de Lucy, y los dos no tardaban en quedarse como troncos. La primera parte del plan había funcionado, pero quedaba lo más difícil. Ahora que pronto iba a tener respuestas, ya no estaba tan segura de querer saber lo que había en el ático. Una noche tras otra, desde que la pareja le alquiló la habitación, oía ruidos que provenían de arriba. Eran sonidos que no conseguía identificar; a veces, parecía como si alguien andara, arrastrando los pies; en otras ocasiones, incluso había creído escuchar una especie de gemido. Al principio, pensó que podía ser el viento, metiéndose entre las grietas del viejo caserón. Eso fue lo que pensó, hasta que una mañana, al mencionarlo durante el desayuno, vio cómo la cara de Lucy se contraía y clavaba sus ojos saltones en Sam. Éste murmuró unas palabras que Marta no entendió y, poco después, los dos salieron de la cocina. Mientras terminaba de tomarse el café, Marta los oyó discutir. Esa misma tarde, cuando volvió del trabajo, Lucy le anunció que Sam y ella habían trasladado todas sus cosas a otra habitación, en el ala opuesta de la casa. “Allí dormirás muy tranquila”, le había dicho, sin darle más explicaciones. Y es entonces cuando Marta empezó a sospechar, y más aún el día en que se dio cuenta de que la puerta que subía al desván estaba cerrada con llave; y la llave de esa puerta sólo podía ser una que Sam siempre llevaba consigo, en vez de echarla, junto a las demás, en la bandeja de cobre del vestíbulo. Era una llave grande que a veces, incluso, asomaba la cabeza por el bolsillo de su chaqueta. Hoy, por primera vez, Sam la había dejado encima del aparador. Ahora que Marta se encontraba al pie de la escalera, con la puerta ya abierta, tuvo que luchar contra las ganas de volver a la cama, de olvidarse del pánico que vio en la cara de Lucy cuando le preguntó sobre los ruidos que se oían en la buhardilla. ¿Por qué no seguir viviendo, como si no pasara nada? Le vinieron a la mente las palabras de su madre, que le decía que la curiosidad podía ser peligrosa y que había asuntos en los que era mejor no meterse. Se quedó mirando hacia arriba. Las escaleras siempre le habían parecido un lugar inquietante; le angustiaba el espacio desconocido que te esperaba al final de una serie de peldaños. Pero sólo dudó unos instantes; hubiese sido absurdo echarse atrás ahora. Buscó el interruptor que encendía la luz de la escalera y al no encontrarlo, comprobó que si dejaba abierta la puerta del pasillo, había suficiente claridad, así que empezó a subir. Para darse ánimos, se puso a contar a media voz los escalones: uno... dos... tres... cuatro... cinco... Estaba llegando casi al final, cuando, abajo, la puerta se cerró con un golpe seco. Marta se quedó rígida en la oscuridad. El silencio era tan profundo que casi podía oír los latidos de su corazón. Una vez que sus ojos se acostumbraron a las penumbras, vio que parte del ático estaba bañado en una luz blanquecina que, supuso, sería de la luna que se filtraba por alguna claraboya del tejado. Era el único punto iluminado en medio de las tinieblas así que, tras franquear los últimos escalones, fue hacia allí, como las moscas atraídas por una bombilla encendida. Un
olor a suciedad y comida rancia impregnaba el ambiente. Al pisar algo que se
asemejaba a una alfombra o manta rústica, un bulto informe empezó a moverse a
sus pies. De debajo de un amasijo de
trapos mugrientos, asomó una cara
monstruosa, enmarcada por una maraña de pelo hirsuto, con una textura lanosa, de
color indefinido. Lo único humano que había en ese rostro eran sus ojos,
grandes y saltones, que a Marta le recordaron los de Lucy. La criatura estaba
recostada contra el muro, en una actitud grotesca, con la cabeza y el tronco
inclinados hacia un lado, y fijaba en ella una mirada extraviada. Su boca,
enorme, de labios muy gruesos, se retorció en una mueca que parecía una sonrisa
diabólica, dejando ver unos dientes ennegrecidos. Extendió los brazos hacia
Marta mientras que de su garganta salían sonidos guturales, como los de un
animal atrapado en un cepo. Al moverse,
se produjo un ruido metálico y Marta vio que en una de sus muñecas llevaba un
brazalete de metal del cual partía una larga cadena que la unía a una argolla
fijada en la pared. Marta estaba paralizada.
La criatura intentó levantarse pero cayó de rodillas y, en esa postura, empezó
a reptar hacia ella sin dejar de proferir unos gruñidos salvajes que iban en
aumento. En su camino, volcó una escudilla que derramó en el suelo un infame
líquido de color verdusco. La imagen, aterradora, le hizo reaccionar a Marta y,
agarrada a la barandilla, a pesar de que la escalera estaba completamente
oscura, bajó corriendo. Buscó a tientas el picaporte y cuando puso la mano en
él y comprobó, tras varios intentos, que no se movía, recordó de nuevo las
palabras de su madre, cuando le decía que la curiosidad, a veces, te jugaba
malas pasadas.
March 06 EL RETRATO
Te veo, desde la pared del vestíbulo, cuando te sientas en el sofá. Tú casi nunca me miras, soy parte del mobiliario, algo que lleva en tu vida mucho tiempo, desde que eras muy joven. Veintiún años acababas de cumplir, cuando ese pintor se empeñó en plasmar tu imagen en un lienzo. Insistió en ello, dijo que era como un reto. Por lo visto, otros, antes que él, lo habían intentado sin conseguirlo. Según ellos, tenías unos rasgos complicados, algo misterioso que hacía que cada vez que te miraban, tu rostro cambiaba. No eran cambios importantes, sino pequeños detalles, una luz distinta en los ojos, cierta expresión en la boca... se volvían locos. Retocaban, una y otra vez, y tú te cansabas de posar. Ese pintor afirmaba que el problema era que no habían sabido captar tu esencia, que se habían limitado a reproducir lo superficial. Tardó varias semanas en hacer tu retrato, y mientras daba brochazos en la tela, no dejaba de preguntarte cosas. Tú sólo deseabas que terminara cuanto antes. Después de muchas sesiones que te dejaban exhausta, por fin llegó el día en que dio por finalizada su obra. En todo este tiempo, no te dejó echar ni un vistazo; quería que fuera una sorpresa. Yo no tenía ni idea de cómo había quedado, y mi única manera de averiguarlo era estudiar tu reacción al verme. No sé cómo lograste engañar a ese pintor, a mí no me engañaste. Recuerdo que tus primeras palabras fueron: “¿Esa soy yo?” Y ante la expresión feliz y satisfecha del artista, añadiste: “¡Me has dejado más guapa de lo que soy!” Nunca entendí por qué no le dijiste la verdad. Quizás te dio pena el hombre. Que yo no te gustaba, lo supe en cuanto me miraste. Más tarde, tus comentarios, mientras me enseñabas a tus amigos, acabaron de convencerme que no me había equivocado. Me encontrabas la mirada triste y el tono de mi piel te parecía demasiado oscuro. Lo mismo opinaban tus amigos, algunos, incluso, fueron bastante más crueles conmigo y dijeron que tú eras mucho más guapa que yo. De un lugar privilegiado que me diste, al principio, encima de la chimenea del salón, empezaste a relegarme, poco a poco, a rincones cada vez más sombríos. Y llegó el día en que en una de tus múltiples mudanzas, me dejaste aparcada en el cuarto de los trastos, entre cajas sin abrir, una aspiradora vieja y otras antiguallas. Estuve allí durante muchos años, llenándome de polvo y telarañas. A veces, subías al trastero y al oír tus pasos me ilusionaba; pensaba que venías, por fin, a buscarme. Pero ni siquiera me regalabas una mirada y cuando se apagaba la luz y el sonido de tus pisadas se alejaba, escaleras abajo, me sentía realmente desgraciada. Ya estaba resignada a que jamás querrías volver a verme, y entonces me diste mi mayor alegría. Fue en tu último traslado, a Madrid, en el 2001. Nunca habías vivido en un piso tan pequeño y, aún así, encontraste un hueco para mí. Me colgaste en la pared del vestíbulo, detrás de la puerta de entrada. Es un sitio discreto, más bien oscuro, pero en ninguna otra época de mi vida he sido más feliz. A veces, al pasar delante de mí, te paras a contemplarme y ya no veo rechazo en tu mirada. He llegado a pensar que igual es porque ahora te gustaría ser yo, o, quizás, sea una forma de compensarme por todo el tiempo que has renegado de mí. Todavía hoy, cuando vienen tus amigos a verte, dicen que a pesar de los años transcurridos, tú sigues siendo más guapa que yo, que tienes un algo que yo no tengo, pero a mí eso ya no me importa. February 10 ÚLTIMO DÍA DE GLORIAInmaculada colgó el teléfono con un grito de alegría: el Presidente en persona acababa de comunicarle su inminente nombramiento como Ministra de Asuntos Sociales. La mayoría apostaba por otro candidato, de más edad y experiencia, como la persona idónea para el cargo. Pero el Presidente había puesto su confianza en ella, Inmaculada Sánchez Mechero, hija de José y Antonia, panaderos y descendientes de panaderos, en un humilde pueblo de Extremadura. Desde muy joven, Inmaculada tuvo claro que sudar la gota gorda bajo el calor abrasador del horno de pan no estaba hecho para ella, como tampoco el levantarse, todos los días del año, antes de que apuntara el alba. Inmaculada quería hacer algo grande en la vida y le sobraban cualidades para lograrlo. Una mente privilegiada, sus insaciables ganas de aprender y la ambición la habían llevado hasta el día de hoy, su día de gloria. Deambuló por el pequeño apartamento, sin rumbo fijo, eufórica. Al entrar en el dormitorio, captó de reojo su imagen en el espejo del tocador. “¡Cada vez me parezco más a la tía Carlota!”, pensó. “¡Carlota Mechero, largo de aquí. Hoy es mi día, no se te ocurra estropeármelo!” En respuesta, Carlota le sonrió, con una sonrisa irónica que más que sonrisa parecía una mueca burlona. Carlota... la oveja negra de la familia, la rebelde. Hacía cosas raras como cambiar de novio cada dos por tres; no se supo de ninguno que le durara más de unas pocas semanas. Fumaba en plena calle, tabaco negro, el más fuerte que había. Le gustaba ir al bar, ella sola, como si fuese un hombre, y se ponía a hablar con cualquiera, dando voces y riéndose a carcajadas. A veces, incluso invitaba a todo el mundo a una ronda. Pero lo peor fue cuando se descubrió que para colmo, a Carlota le gustaba apropiarse de bienes ajenos. Empezó a robar objetos de poco valor, como alguna revista de moda en el kiosco de la plaza o un cepillo para el pelo en la droguería. Pero poco a poco, el asunto fue a más y llegó un momento en que prácticamente tuvieron que echarla del pueblo. Inmaculada había oído muchas historias sobre la hermana díscola de su madre y, en el fondo, sentía una especie de curiosidad malsana por esa mujer fuera de lo común, que siempre iba a lo suyo, haciendo caso omiso del qué dirán. Un día, recién llegada a la capital, quiso experimentar lo que debía sentir Carlota cuando sustraía algún artículo. Entró en el Corte Inglés, a la sección de cosméticos, y al ver a todas las dependientas ocupadas, cogió rápidamente una barra de labios y la deslizó en el bolsillo de su abrigo. La mezcla de miedo y placer que empezó en su bajo vientre y fue subiendo hasta su pecho, en oleadas de calor que casi la dejaron sin aliento, había sido una sensación extraordinaria. Fue a partir de entonces cuando Carlota empezó a aparecer en el espejo del tocador. Había días en que Inmaculada volvía a casa con media docena de objetos. No era tanto su valor material lo que importaba, sino lo arriesgado que había sido hacerse con ellos. Pero hoy, desde luego que no necesitaba de más emociones fuertes; sólo tenía ganas de salir y perderse por las calles, sumergirse en el bullicio de gente desconocida, saborear en el anonimato su triunfo. En la barra de una cafetería cualquiera, pidió un helado gigante con mucha nata y un espeso sirope de frambuesa. Mientras lo iba saboreando, tía Carlota le sonreía, desde la tapa de acero inoxidable del mostrador... Y entonces, al lado de la cara de Carlota, Inmaculada vio un bolso abierto y dentro, un monedero de un color rojo cereza que le parecía un color realmente especial, igual al color de las cerezas de su tierra. “Sólo una vez más, -pensó- la última”... ¡Cómo disfrutó al apoderarse, entre tanto público, del pequeño portamonedas, de cuero liso y suave, para dejarlo caer rápidamente dentro de su bolso! Pero lo que ya no le gustó, fue verse deslumbrada por el inesperado relámpago de un flash y descubrir, detrás de esa luz, la cara emocionada de un fotógrafo que acababa de lograr la instantánea del día. Y mientras el hombre con su cámara salía disparado hacia la calle, Inmaculada Sánchez Mechero tuvo la tremenda certidumbre de que para ella ya no habría más días de gloria.
November 21 UNA MAÑANA DIFERENTE
Otro relato algo inquietante. Nunca sabemos lo que nos espera... La mañana era gris, húmeda y fría. El otoño había entrado de forma repentina, después de un verano más tórrido de lo habitual. Soplaba un aire molesto, mezclado con lluvia, que a pesar de ser muy fina te traspasaba la ropa de forma insidiosa y en un instante llegaba a la piel. La parada del autobús estaba desierta. A Fernanda le extrañó la ausencia de Matilde, la mujer parlanchina que cada día le soltaba retazos de su vida. Hoy tampoco estaba su vecina del quinto, una francesa con voz chirriante, que a pesar de llevar diez años en España, se empeñaba en hablarle a todo el mundo en su idioma materno. También echó en falta al señor alto y enjuto, de pelo canoso, que siempre andaba muy erguido y jamás dirigía la palabra a nadie. Un escalofrío la recorrió de la cabeza a los pies cuando se sentó en la helada banqueta metálica de la parada. Estos bruscos cambios de temperatura le dejaban a uno el cuerpo debilitado, como después de una resaca. El cielo estaba cada vez más negro; a pesar de que eran ya las diez de la mañana, parecía casi de noche. El autobús llegó a la hora exacta, ni un minuto antes ni un minuto después de su horario habitual. Cuando se abrió la puerta, Fernanda subió con dificultad los dos peldaños. Esta mañana, le dolían todas las articulaciones. El dicho de que los años no perdonan a nadie, por desgracia empezaba a ser cierto, incluso para ella, que hasta hace bien poco, había desafiado el paso del tiempo. Hoy era otro conductor, un tipo flaco, con cara grisácea y manos huesudas. Fernanda siempre se fijaba en las manos y éstas, descarnadas y amarillentas, le recordaban las garras de un pájaro de presa. Como de costumbre, se dirigió a la parte trasera del vehículo. Desde allí, tenía una panorámica de todo el interior y podía observar a los viajeros; su innata curiosidad había convertido el observar y escuchar a los demás en uno de sus pasatiempos preferidos. En su recorrido, buscó algún rostro familiar; curiosamente, esta mañana eran todo caras nuevas. Por un momento, tuvo la sensación de haberse equivocado de línea o, quizás, le había fallado el reloj; pero no, tanto la línea como la hora eran las de todos los días, tal y como indicaba la banda luminosa encima del conductor. En el autobús, reinaba el más absoluto silencio. Cada pasajero parecía inmerso en su propio mundo, con la mirada fija en algo sólo visible para él. Tampoco se oía ningún ruido procedente de la calle. Al cabo de un rato, Fernanda empezó a sentir cómo se le formaba un nudo en la garganta al darse cuenta de que el vehículo no se había detenido en ninguna de las paradas, a pesar de que éstas estaban abarrotadas de gente. Había oscurecido todavía más y la lluvia caía en tromba, cubriendo las ventanas con una gruesa cortina líquida que dificultaba la visibilidad. A duras penas pudo Fernanda vislumbrar la proximidad de su punto de destino. Pulsó el botón de parada pero el conductor, de nuevo, pasó de largo a toda velocidad. “¡Oiga, pare!” gritó varias veces, poniéndose en pie. Gritó muy fuerte, eso al menos pretendía, pero no oyó ningún sonido salir de su garganta. Todos, a su alrededor, estaban ahora profundamente dormidos. Fernanda sintió de repente un tremendo cansancio apoderarse de cada parte de su cuerpo. Se dejó caer en el asiento. A través de los cristales mojados, vio brillar un rayo de sol con un fulgor tan intenso que la deslumbró. Dentro del autobús, había una agradable penumbra y sólo se oía el suave ronroneo del motor. Fernanda recostó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. November 20 MI PRIMA NICOLEA ver si este relato ahora se publica bien. Intenté publicarlo ayer pero algo debe de haber fallado ya que Vendy me dice que no ha podido encontrarlo.
Mi prima Nicole... la volví a ver en el entierro de su padre, el tío Robert. Habían transcurrido cerca de veinte años desde nuestro último encuentro, veinte años durante los cuales no intercambiamos ni una llamada telefónica, ni una tarjeta de navidad, aunque yo, a través de terceras personas, siempre supe acerca de ella. La ví demacrada y muy envejecida. La muerte de su padre debió de afectarla de manera tremenda; siempre había existido entre ellos dos una relación de compañeros, de amigos. De adolescente, Nicole, con toda confianza, solía hablarle de los chicos que le gustaban y le pedía consejos sobre cómo actuar para conquistarlos. En mi casa, semejante manera de educar a una hija era algo inconcebible. “A este hermano mío se le ha ido la cabeza con tanto viaje al extranjero, -le oí decir a mi padre en más de una ocasión- algún día lamentará no haber tenido más mano dura”. Pero que yo sepa, el tío Robert nunca tuvo que lamentar nada; Nicole fue una hija modelo que cuidó de su padre con cariño hasta el último día de su vida. Mi prima aún no se había fijado en mi presencia y aproveché para observarla. Estaba marchita. No quedaba rastro de esa belleza que yo siempre había admirado tanto y, por qué negarlo, envidiado. ¿Dónde estaba su abundante y ondulada melena cobriza de la que tanto alardeaba en mi presencia, comparándola con mi pelo ralo y tieso, de color rubio desteñido como decía ella? ¿Y esa piel, lisa y mate, que no necesitaba de ningún retoque para disimular imperfecciones? No como la mía, llena de pecas, que tanto en verano como en invierno, me salpicaban el rostro. “¡Hay que ver, -solía bromear Nicole- cualquiera diría que has tomado el sol con colador!” ¿Por qué se mostraba tan cruel conmigo? Yo odiaba los domingos porque casi todos los domingos había que ir a casa de mis tíos y me tocaba aguantarla. En cuanto entrábamos por la puerta, me agarraba del brazo y me llevaba al cuarto de su madre. Una vez allí, se sentaba delante del tocador y, con una maestría asombrosa en una niña de sólo diez años, iba aplicándose diversos productos en la cara que, al cabo de pocos minutos, la transformaban en una chica mayor, bellísima. Mientras ella examinaba, complacida, su imagen en el espejo, yo cogía una barra de carmín e, imitando sus gestos, torpemente, intentaba seguir el dibujo de mis labios. Nicole no tardaba en pegarme un golpe seco en el dorso de la mano. “¡Quieta ahí, por mucho que te pintes, siempre serás un patito feo; así has nacido y así te quedarás toda la vida!” Y sus ojos volvían al espejo, y su boca, de un rojo cereza brillante, sonreía. La odiaba y al mismo tiempo la tenía en un pedestal. Hubiese dado cualquier cosa por parecerme a ella. Después de contemplarse durante largo rato con mirada satisfecha, Nicole sacaba un algodón, lo empapaba en leche desmaquilladora y exhalando profundos suspiros, iba borrando de su cara todo vestigio de afeites. A ella le hubiese gustado poder seguir luciendo el maquillaje; a mí, incluso con la piel completamente limpia, seguía pareciéndome preciosa. Y pasó el tiempo, crecimos y nos distanciamos. Por suerte para mí, las visitas de los domingos se fueron espaciando hasta hacerse casi inexistentes. Una tarde, me la encontré en la cafetería de unos grandes almacenes. La acompañaban dos amigas; las tres iban de punta en blanco, espléndidas, con tacones de aguja y oliendo a perfume caro. Nicole me dio dos besos y me presentó: “La flacucha de mi prima” –dijo- y apretó los labios de una forma que casi la hacía parecer fea. Las tres se echaron a reír y siguieron hablando de moda y de hombres, como si yo no estuviera. Ese día es cuando decidí que no quería verla más. Y ahora estábamos aquí, juntas de nuevo, después de tantos años. Alguien me tocó el hombro, suavemente. Me volví; era ella. De cerca, el cambio en su físico era aún más desolador. “Pensé que no vendrías” -dijo- y ví que le temblaban las comisuras de los labios. Nos abrazamos, más bien ella casi se colgó de mí, con todo su peso, como quien se agarra a un salvavidas para no ahogarse. Creo que me susurró “perdóname”, pero no puedo asegurarlo. Todavía hoy, no sabría definir el torbellino de sentimientos que me invadió durante ese abrazo: triunfo, pena, añoranza, ganas de estrujarla y protegerla, ganas de reír y de gritar. Hasta hoy tampoco he podido olvidar cómo me miró aquel día, con sus ojos tristes y enrojecidos, en los que por primera vez pude leer que me quería.
November 18 EL RELATO DE UN AMIGOEste relato que publico hoy no es mío, sino de un amigo; lo escribió hace tiempo y quiero que se anime y siga escribiendo. Creo que tiene madera. ¿A que sí?
ATRAPADO ENTRE SUS REDES
Para ellos asesiné a un hombre a sangre fría, pero yo sé que una fuerza demoníaca en forma de bella mujer me impulsó a hacerlo.
¡Qué nadie la encuentre! y si tu la ves, no repares en ella ¡Sigue tu camino! Porque no se cómo acabaras….
La conocí, no recuerdo ni cómo ni dónde, solo recuerdo que cuando quise darme cuenta me encontraba atrapado entre sus redes.
Sus ojos eran de un azul transparente y abismal que invitaban a sumergirse en ellos. Su boca, ¡ay, su boca! Dulce, como una pera madura y fresca como un manojo de rosas. En sus labios me enredaba y perdía la noción del tiempo. Su piel, ¿qué puedo decir de su piel? Tan perfecta, tan suave y firme a la vez. Acariciarla me embriagaba.
El tiempo pasaba y yo no quería pensar en nada que no fuera ella, solo pensaba en el momento de encontrarme con ella. Sabía el peligro que esto suponía para mí. Podía romper mi familia, todos los sueños de mi vida, todo lo que había forjado poco a poco. Mi mujer, mis hijos, mi paz; pero esto era diferente, era un juego, era como pasar por una llama ardiendo sin quemarme.
¡Ay, qué desdichado fui, y qué ciego por no darme cuenta a tiempo! Seguí viéndola. Su perfume me enloquecía y cada momento que pasaba sin ella se me hacía insoportable. No me importaba nada, solo quería tenerla entre mis brazos.
Un día, me presenté en su casa y lo que vi, me enloqueció. Sus cristalinos ojos se habían vuelto rojos de tanto llorar, su piel presentaba arañazos y su ropa había sido desgarrada. Entre sollozos y lamentos pude comprender que había sido violada.
Corrí hacia el teléfono para llamar a la policía pero ella de un salto me detuvo la mano.
Cuando dejó de llorar, me contó quien había sido el autor de tan cruel venganza: Antes de conocerme, había tenido una relación que rompió por mí… comprendí todo lo demás.
Quise saber quien era ese hombre y donde podía encontrarlo. Mi mente enloquecida solo pensaba en matarlo. No había terminado de hablar y ya me encontraba en la calle buscándolo. Lo encontré, no le dio tiempo a reaccionar cuando ya tenia mis manos manchadas de sangre.
Volví a su casa con un amargor en la boca y a la vez un gran alivio. Mis pasos eran firmes y decididos y no me importaban las consecuencias que pudieran tener la locura que acababa de cometer. ¡Con tenerla a ella me vería recompensado¡
Al doblar la esquina, mi mente no podía dar crédito a lo que veían mis ojos; La hermosa casa donde yo había estado hacía escasas horas, había desaparecido, en su lugar había un solar en el que quedaban restos de un viejo edificio.
Abatido, roto, enloquecido, me encontró la policía deambulando por la calle.
November 17 SUSAN Y LEONORHola a todos los que habéis tenido la paciencia de esperarme. He estado ausente durante mucho tiempo pero no he dejado de escribir. Espero conservar todavía algunos fieles incondicionales que quieran compartir conmigo estos relatos.
Susan sintió que había vuelto Leonor, en medio de la noche, igual que en otras ocasiones. La luz de la luna se filtraba, insistente, por una de las rendijas de la persiana y caía sobre la almohada, justo a la altura de sus ojos. Se giró hacia el otro lado, dándole la espalda a la ventana, buscando la negrura de la pared, pero sabía que le sería imposible conciliar de nuevo el sueño. Eran las 3:30 de la madrugada; lo intuyó antes de mirar la hora en su despertador. Se dirigió al baño. Los halógenos, alrededor del espejo, la deslumbraron durante unos segundos pero enseguida distinguió la silueta de Leonor, atisbando a sus espaldas, junto a la puerta. Su cara quedaba en la sombra, pero Susan no necesitaba verla. Conocía de memoria cada curva de ese rostro: eran sus propios ojos grises, de forma almendrada, su nariz algo afilada, su boca pequeña, de labios perfectamente dibujados, y enmarcándolo todo, su misma cabellera, negra y brillante. Más los rasgos que en ella, Susan, sólo mostraban dulzura y armonía, en Leonor formaban una máscara vacía de sentimientos, como una caricatura despiadada de su propio rostro. Con gestos eficientes, se aplicó el maquillaje: sombras oscuras en los párpados, mucho rimel en las pestañas, y en sus labios, un rojo brillante, que daba la impresión que de tanto morderlos hubiera hecho que de ellos brotara la sangre. Una vez que terminó de pintarse, Leonor ya no la estaba acechando, escondida entre las tinieblas; Leonor la miraba ahora, cara a cara, triunfante, desde la claridad del espejo. Susan huyó hacia el dormitorio para vestirse pero fue Leonor la que eligió su ropa: una falda negra, recta, de una tela suave que se amoldaba a su cuerpo como una segunda piel y un jersey fino, color crema, con un generoso escote. Cuando se sentó al volante de su coche, eran las 4:30. Tendría que darse prisa. En el exterior, soplaba un viento helado que hacía girar en torbellinos las hojas secas, aplastándolas contra el parabrisas. Condujo hasta la parte baja de la ciudad. Los bares de la zona del puerto, eran los únicos que a estas horas seguían trabajando; echaban a los últimos clientes a las 5:45. Por lo general, estos noctámbulos rezagados iban tambaleándose hasta la plaza y se metían en la churrería de Paco que abría sus puertas a las seis. Susan dio varias vueltas por distintas calles antes de decidirse por uno de los tugurios. Procuraba no ir nunca al mismo sitio. Dentro del local hacía calor, un calor que el humo a tabaco y el olor a cerveza hacía todavía más agobiante. Era un sitio pequeño, apenas una decena de mesas, la mayoría de ellas desocupadas. Todo el movimiento se concentraba en la barra. Susan tomó asiento en uno de los taburetes, al lado de un hombre de aspecto somnoliento y con la mirada clavada en las botellas alineadas sobre las estanterías. Sujetaba en la mano derecha una copa llena de un líquido verdoso y con la otra no paraba de dar golpecitos en el mostrador. Sobre sus dedos, regordetes y pálidos, destacaba un espeso vello oscuro. A Susan no le gustaban las manos de ese tipo, seguro que estaban húmedas, como las de su padre. Su querido papá... Empezó a sentir náuseas al recordar cómo le apestaba el aliento a alcohol y sobre todo en cómo le temblaban los dedos cuando la tocaba, al volver de sus noches de borrachera. Le hubiese gustado que este individuo, al menos, dejara de tamborilear sobre la barra de aquella manera. Sin pensarlo, le agarró la mano, no sabía bien si para hacer que parara o si quería comprobar el tacto de su piel. El tipo la miró, una mirada sucia y expectante, bajo sus párpados hinchados: “¿Estás solita, guapa? ¿Te apetece un poco de compañía?” -dijo con voz pastosa. Susan sonrió. Hoy había sido más rápido de lo habitual. Abrió su bolso debajo del mostrador y tanteó, con la punta de los dedos, el objeto frío y punzante que había deslizado ahí antes de salir de su casa. Luego cerró la cremallera y siguió al hombre hasta la calle.
June 09 COSAS DE LA VIDAÁlvaro salió de casa de Beatriz con esa mezcla de sentimiento de poder y euforia que le embargaba cada vez que conseguía hacer una nueva conquista. En su opinión, el proceso de seducir era un arte exquisito en el cual él se consideraba un maestro. Ver cómo una mujer, primero quedaba atrapada en su mirada, para ir entregándose poco a poco, era una sensación incomparable, incluso más excitante que tenerla, al fin, gimiendo de placer entre sus brazos. Ni siquiera el hecho de haberse convertido, hace un par de años, en un hombre casado, le había curado de su atracción casi hipnótica por estas misteriosas criaturas que nunca se cansaba de explorar. Lo único es que ahora, a veces, su satisfacción se veía algo empañada por una pizca de remordimiento, aunque le duraba poco. Hoy, su dicha era aún mayor que de costumbre: Beatriz no sólo había resultado ser una amante voluptuosa y experta, Beatriz era, sobre todo, la mujer de su jefe, Gonzalo. Y seducir a la mujer del jefe, acostarse con ella y hacerla gozar una y otra vez, eso no lo conseguía cualquiera. Se sentía triunfante por haberle podido dar a ese tipo vanidoso donde más le dolería: en su orgullo. Desde el primer momento, Álvaro se había dado cuenta de que Gonzalo era el típico niño tonto de papá, un pijo, que había heredado la empresa familiar, sin conocimiento alguno sobre el negocio. Para ocultar su ignorancia, se había rodeado de un grupo de colaboradores, muy eficientes, que no daban abasto para arreglar sus meteduras de pata. Él, Álvaro, era uno de ellos, el último de sus fichajes, al que le tocaba solucionar la mayoría de los desaguisados. Y gracias a él, el otro podía seguir pavoneándose por los distintos departamentos, metiéndoles mano a las secretarias de la manera más burda y haciendo comentarios soeces. Álvaro le había oído hablar de mujeres en términos chulescos, casi ofensivos. Era algo que no soportaba y así se lo hacía ver a Gonzalo. Procuraba mantener su relación en el plano estrictamente profesional y siempre rehuía ese tipo de conversaciones en las cuales algunos hombres se sentían tan a gusto. No era de extrañar, por lo tanto, que su jefe le tratara, a su vez, con cierta frialdad y evitara, en la medida de lo posible, acercamientos innecesarios. Por eso, cuando llegó a casa, a Álvaro le extrañó ver el Mercedes descapotable de Gonzalo aparcado delante su verja, justo en el sitio donde suele aparcar él. Todos en la oficina habían oído hablar del Mercedes plateado, último modelo, de Gonzalo; todos le habían oído fanfarronear con la larga lista de mujeres que ya habían amortizado el asiento trasero del magnífico cacharro. “¿Qué se le habrá perdido a éste por aquí?” Álvaro dejó su propio vehículo detrás del otro y se quedó sentado al volante sin saber bien qué hacer. ¿Se habría enterado el tipo de su aventura con Beatriz, a pesar de sus precauciones, y ahora estaba esperándole para saldar cuentas? Lo que más le preocupaba a Álvaro, más que la idea de perder su puesto de trabajo, más incluso que la de un enfrentamiento físico, era cómo su mujer se habría tomado la noticia. A él no le gustaba hacer sufrir a nadie, y menos a esta chiquilla que le adoraba. Él tenía sus aventuras, sí, pero estaba de verdad enamorado de ella y no quería, por nada del mundo, verla infeliz. Ahora había que entrar y enfrentarse a la situación. Él sabría explicar el asunto y convencerles a los dos. No era la primera vez que se encontraba en semejante trance. Justo se apeaba de su coche cuando, en la puerta de la verja, apareció Gonzalo. - Álvaro, -exclamó éste con una sonrisa tonta en el rostro- tu mujer me avisó que seguramente aún ibas a tardar bastante en volver; que habías ido al gimnasio. ¡Que bien que te haya pillado! Se acercó a Álvaro y le dio unos golpecitos en la espalda, así en plan amistoso, como Álvaro le había visto hacer con los empleados que le reían las gracias. No era el Gonzalo que él conocía. Sintió cómo se le quitaba un peso de encima; era evidente que el hombre no sabía nada. - Tú dirás, Gonzalo. ¿En qué puedo ayudarte? -le preguntó con tono firme. - Bueno... en realidad no es nada demasiado urgente. El caso es que... pasaba por tu calle y me dije: “Vaya, si por aquí es donde vive Álvaro Sánchez. Voy a entrar a saludarle y así aprovecho y le comento ese asunto. Y de nuevo, en la cara de Gonzalo, esa sonrisa bobalicona y su tono de voz, cordial a más no poder. Álvaro se dio cuenta de que su jefe no paraba de retorcerse el lóbulo de la oreja. Le conocía lo suficiente como para saber que en él ese gesto denotaba cierto nerviosismo. “¡Qué tío tan raro, -pensó- hay que ver lo chulito que es en la oficina, y luego, en la calle, parece otro!” - ¿Pero hombre, Gonzalo, ya que estás aquí, por qué no me adelantas de qué se trata? Vamos adentro, tomamos algo y me cuentas. Incluso, si te apetece, te quedas a cenar. Mi mujer prepara unos raviolis para chuparse los dedos. Ahora Álvaro se sentía ya completamente dueño de la situación; y este pobre diablo empezaba casi a caerle bien. Después de todo, era sólo un bocazas a quien le gustaba alardear cuando tenía público, para hacerse el interesante. - No, déjalo, -dijo Gonzalo- se me ha hecho tarde; mañana a primera hora lo hablamos en mi despacho. Parecía sofocado; se había abierto el nudo de la corbata y tiraba del cuello de su camisa como si ésta le ahogara. Sacó las llaves del coche, se metió en su flamante vehículo y salió disparado. Álvaro, bastante desconcertado, fue hacia la casa. Mientras subía las escaleras del porche, le invadió una especie de malestar; era la sensación que experimentaba siempre que algo no encajaba. ”¿Dónde está mi mujercita?” gritó al cruzar la puerta del salón. La estancia en penumbra, dos copas y una botella de vino casi vacía, y ella, colocando los cojines del sofá, la cara ruborizada al verle, su pelo revuelto y el lápiz de labios corrido, la blusa mal abrochada y cada poro de su piel exhalando las amargas notas del perfume de Gonzalo. “¿Ya has vuelto?”, dijo con voz temblorosa. Entonces Álvaro supo que las riendas se le habían escapado de las manos y que a partir de ahora su vida iba a cambiar.
May 02 INTENTAR COMPRENDERA todos nos ha sobrecogido la terrible historia de un siniestro personaje, Josef Fritzl. Intentamos entender cómo puede haber un ser humano tan cruel como para enterrar en vida a otros seres humanos, encima de su misma sangre, durante más de veinte años, y seguir su vida tan tranquilo. También tratamos de comprender cómo es posible que su mujer no se haya dado cuenta, en todo este tiempo, de que allí pasaba algo raro. Y, claro, no nos cabe en la mente, porque todo lo vemos desde nuestro punto de vista. Pero tenemos que darnos cuenta de que estamos ante un individuo que, evidentemente, no tiene el mismo nivel de conciencia que nosotros. Dicen los medios de comunicación que se trata de un hombre terriblemente narcisista, con una necesidad imperativa de dominar y ser obedecido. En la mayoría de los casos de abusos sexuales por parte de un padre a una hija, oímos, atónitos, que la madre no sabía nada y pensamos que esto es imposible, y de hecho lo es. Lo que ocurre es que siempre se trata de personas completamente sometidas a otra, que no saben donde encontrar fuerza para rebelarse. Hay una dependencia, enfermiza, mezclada con miedo, que impide que estas personas encuentren recursos para actuar de forma racional. Son seres tan enfermos como el que las domina. En el búnker, el monstruo había instaurado la dictadura de un rey con el destino de otros seres humanos en sus manos. La madre de los hijos nacidos bajo tierra, había inculcado a éstos una ciega obediencia al padre “abuelo”. Puro instinto de supervivencia. No podemos entrar en la mente de este tipo de personajes y por muchas preguntas que nos hagamos, no vamos a encontrar respuestas mirando lo sucedido desde la razón. April 07 UNA FAMILIA PERFECTAAntes que nada, quiero darle la bienvenida a Joseph que, gracias a su perseverancia, ha podido volver a este blog que ahora tengo cerrado. Sentía mucho no encontrar la manera de avisarle y por fin ha sido él el que me ha contactado.
Es muy emocionante para mí ver que me sois tan fieles; os lo agradezco de corazón. Vosotros, con vuestro interés y vuestros comentarios, me animáis a seguir por este camino. Saber que estáis siempre esperando un próximo relato, es un aliciente para mí y casi una obligación para no defraudaros. Muchas gracias a todos.
Aquí va otro relato, bastante duro, pero seguro que hay casos así en la vida real.
Mis padres, mis tres hermanas y yo siempre hemos sido la familia perfecta, la que todo el mundo pone de ejemplo. Si teníamos el más mínimo problema en el colegio, allí estaban papá y mamá para hablar con la profesora. Por nada del mundo, hubiesen faltado a las fiestas de fin de curso o a cualquier acontecimiento relacionado con nosotras. Querían que les contáramos nuestras alegrías, preocupaciones y penas; a pesar de estar muy ocupados, siempre encontraban tiempo para escucharnos y buscar soluciones. Entre ellos dos también se apoyaban; papá muchas veces se desesperaba en el trabajo, cuando las cosas no le salían como él quería, y allí estaba mamá para aconsejarle y darle ánimos; y mamá a su vez, en alguna ocasión, le había pedido ayuda a papá. Mi madre solía decir que los problemas, cuando se hablan y se comparten, son menos problemas, y eso es lo que hicimos aquella noche de diciembre. Era ya muy tarde y papá aún no había llegado a casa. Mi madre nos estaba ayudando con la tarea y no paraba de mirar el reloj. De vez en cuando, iba hacia la ventana de la cocina y se quedaba inmóvil, escrutando la oscuridad. Por fin oímos el motor del coche de papá. Mamá fue corriendo hacia la entrada a recibirle y los dos se quedaron allí durante mucho tiempo. Como no venían, me levanté para cerrar la puerta porque entraba un aire frío, y los ví en el vestíbulo, muy serios. Papá estaba pálido y noté que le temblaban las manos. Se apoyaba contra la pared como si le fallaran las piernas. Mi madre me mandó de vuelta a la cocina. Ella, aunque de aspecto frágil, es más fuerte que papá y siempre sabe qué hacer en cualquier situación. “Sigue con tu tarea, -ordenó con tono firme- ahora venimos”. Al cabo de un rato, entraron y nos sentamos todos alrededor de la mesa. Mi padre estaba algo más tranquilo, al menos eso aparentaba. Sólo habló mamá. Nos contó lo que le había pasado a papá y luego dijo: “Si necesitáis hacer alguna pregunta, hacedla ahora. En cuanto salgamos de aquí, nunca más vamos a comentar nada sobre esto; nadie volverá a mencionar el asunto y por supuesto, no tiene que trascender de estas cuatro paredes”. Las últimas palabras las repitió para que nos quedaran bien claras. De cualquier forma, hacía tiempo que nosotras sabíamos que todo lo que pasaba en el seno de una familia como Dios manda era sagrado y bajo ningún concepto se podía ir contándolo por ahí. Mi padre no abrió la boca y en ningún momento nos miró. Tenía los ojos fijos sobre la mesa y con el dedo índice no paraba de desplazar unas migas de pan sobre el mantel. La reunión terminó y nos fuimos a la cama en silencio. Desde entonces, mis hermanas y yo, ni siquiera estando a solas, volvimos a hablar del tema. Yo hubiese preferido no haberlo sabido. Lo cierto es que las cosas cambiaron mucho a partir de esa noche y ya nunca más pudimos ser felices como lo éramos antes de que ocurriera. Mi padre jamás volvió a ser el mismo. Ya no se interesaba por nada; apenas hablaba. Rehuía nuestras miradas y a pesar de que le demostrábamos que nuestro cariño por él no había disminuido, parecía siempre triste y abatido. Mamá, en cambio, se comportaba como si nunca hubiese pasado nada. Mamá, incluso, siguió actuando como si fuéramos la familia perfecta después de que, una mañana de domingo, encontráramos a papá dentro del coche, con la puerta del garaje cerrada y el motor en marcha.
April 02 OBJETOS VARIOS
Últimamente no me prodigo mucho; pero para que veáis que sigo en acción, aquí va este relato. Espero que os guste. Besos a todos
El reloj del salón estaba dando las nueve de la noche cuando por fin conseguí sacar el último clavo que cerraba la voluminosa caja de madera con la inscripción “OBJETOS VARIOS”. Me había costado casi una hora deshacer el trabajo siempre tan meticuloso de mi padre. Durante años, desde que me la traje de la casa donde nací y pasé toda mi infancia, la caja había viajado conmigo, por varios países. Me había acompañado en todas mis mudanzas, pero hasta hoy nunca me había decidido a abrirla. Al principio, fue porque tardé mucho en reponerme de la trágica muerte, primero de mi madre, seguida, sólo tres meses después, por la de mi padre. Rebuscar en esa caja hubiese sido revolver sentimientos aún demasiado vivos y no me sentía preparada para ello. Con el tiempo, el dolor fue mermando, la herida se curó y la caja empezó a rodearse de otras cajas que tampoco se abrieron. Cuando te mudas de casas grandes a otras más pequeñas, te falta espacio, dejas cosas sin desembalar y poco a poco te olvidas de que las tienes. Eso es lo que me había ocurrido a mí; hasta esta tarde. Estaba sentada en mi sofá, leyendo una novela en la cual la protagonista encontraba la clave de un misterio en las entrañas de un baúl. Después de varias páginas, me di cuenta de que me había desconectado por completo de la historia. De repente, me acordé de aquella caja y sentí el impulso de ver lo que había dentro. Fui al cuarto de los trastos, una habitación cuadrada de tres metros por tres, donde se amontonan artículos de todo tipo: lámparas viejas que ya ni alumbran, alfombras raídas, una aspiradora de las de antes, tan grande que el sólo hecho de arrastrarla es como una prueba de resistencia, una figura de porcelana esperpéntica que hace años me tocó en una rifa; nunca he sido capaz de tirar nada, por muy inútil que fuera. Tuve que arrastrar bultos enormes, sacarlos al pasillo para poder moverme en la pequeña estancia. Tardé mucho en encontrar lo que buscaba. Por fin la descubrí, debajo de unas cortinas amarillentas de terciopelo. El paso del tiempo había deslucido el color de la tinta, pero aún se podía leer “OBJETOS VARIOS”, escrito en letras grandes, con el trazo firme de mi padre. Y aquí estaba yo, empapada en sudor, a las nueve de la noche, un tres de agosto, con un calor agobiante a pesar de la hora. Nada más levantar la tapa, me llegó un olor intenso que enseguida identifiqué. Es curioso cómo funciona nuestra memoria olfativa: podremos olvidarnos de muchos acontecimientos de nuestra vida, pero nunca de los olores. Era un aroma a hojas caídas y sucias, a tierra mojada, a humedad. Podía haber sido el olor normal de una caja cerrada durante tantos años pero yo sabía que no. Me puse a sacar trastos de todo tipo: la cazuela negra, de hierro fundido, en la cual mi madre guisaba los estofados más sabrosos que he comido jamás, la pesada máquina de picar la carne, la bandeja de bronce que estaba encima de la cómoda del vestíbulo y donde dejábamos las llaves, una lata de estaño llena de fotos antiguas, un jarrón de cristal tallado... mi padre debió de haberlo guardado todo en esa caja, después de morir mi madre, porque sabría que él ya no lo iba a necesitar. Sentí que me temblaban las manos; habían empezado a salir cosas mías: cuadernos del colegio, mi muñeca favorita, con su vestido ajado, el microscopio de juguete, muchos libros. El olor se hacía cada vez más fuerte, casi mareaba. Tanteé a ciegas en el fondo de la caja y como si un imán hubiese atraído mis dedos, di con él, en una de las esquinas. Me pareció mucho más pequeño que entonces; ahora me cabía justo en la palma de la mano. Lo habíamos encontrado, papá y yo, en uno de nuestros paseos por la playa; fue mi padre el que lo vio primero. Él siempre andaba mirando al suelo, como queriendo descubrir tesoros bajo sus pies; gracias a esta costumbre, habíamos hallado objetos muy sorprendentes y Castrovicinio era el más sorprendente de todos. No busquéis en ninguna enciclopedia el significado de esta palabra, dudo que exista. Acordamos que merecía ser bautizado con un nombre pomposo porque nunca habíamos visto nada parecido, ni siquiera papá que entendía de muchas cosas. Su primera idea fue que podía ser una estrella de mar a la que le faltaban varios brazos; pero después de examinarlo con atención, manifestó que por su peso y aspecto parecía más bien algún tipo de piedra. Era un pentágono casi perfecto, con la excepción de unas pequeñas bolas, en forma de racimo, en dos de las puntas. Esas bolitas, lisas y brillantes, de tonos irisados, contrastaban con el color grisáceo y tacto áspero del conjunto. Lo que más nos sorprendía era su olor, igual a cómo huele el bosque en otoño, después de varios días de lluvia. Papá me lo dio; dijo que era algo muy especial y seguro que sólo existía uno como él en todo el mundo. Cuando hablábamos de Castrovicinio delante de otras personas, nadie sabía de qué iba, era como nuestro lenguaje secreto, algo que únicamente mi padre y yo podíamos entender y eso a nosotros nos encantaba. Cuánto más seria era la gente que nos rodeaba, más disfrutábamos con el tema. Papá me guiñaba el ojo y preguntaba por ejemplo: “¿Qué tal se está portando Castrovicinio últimamente?” Y yo, golpeteando el lugar donde se alojaba en ese momento, igual contestaba: “Hoy me he enfadado con él y le he tenido que castigar.” ¡Cómo nos reíamos viendo las caras que ponían! Castrovicinio siempre iba conmigo a todas partes; me traía suerte; sólo una vez me lo olvidé en casa y ese día fallé un examen. Mi madre se desesperaba porque me rompía los bolsillos y decía que toda mi ropa olía a moho. Cada dos o tres meses, me mandaba a mi cuarto con una bolsa de plástico para que tirara cosas que ya no quería, supongo que con la esperanza de que algún día Castrovicinio acabaría en la basura. ¡Pobre mamá! Ella nunca me entendió tan bien como mi padre. Solía encogerse de hombros y decir que los dos estábamos un poco locos. Ahora Castrovicinio ha vuelto donde tenía que haber estado siempre. ¿Cómo pude dejarle olvidado, durante tantos años, en el oscuro rincón de una caja? Ahora más que nunca se adaptaba a la forma de mi mano; en un instante, se había buscado su hueco y allí se asentó firmemente.
March 16 MUTACIÓN
A ver si os gusta este cuento. En el taller nos han pedido un relato fantástico y creo que éste no me ha salido nada mal.
Esta mañana, volví a despertarme empapada en sudor. La primera vez que me ocurrió, pensé que había olvidado quitar la calefacción antes de acostarme, pero cuando miré la temperatura en el termómetro del salón, ví que éste sólo marcaba dieciséis grados. Ya no duermo con mi edredón de plumas; lo cambié por una manta ligera y hace una semana que ni siquiera me tapo. Me levanté medio mareada y casi piso a mi gata. Ella me espía continuamente. Se esconde detrás de las cortinas o debajo de algún mueble y desde allí me vigila. Si hago cualquier gesto para cogerla, se escapa, aunque a veces consigo atraparla. Sólo se acerca a mí cuando no me muevo. Seguro que se queda toda la noche al pie de mi cama y me observa durante mi sueño. He empezado a cogerle miedo. El otro día, quise acariciarla y me mordió la mano, ahora incluso me ataca cuando le echo de comer. Entonces me pongo a cuatro patas, enseño los dientes y gruño, y ella huye despavorida. De hecho, esta postura me resulta cada vez más cómoda y últimamente prefiero deambular así por mi apartamento. El caso es que la criatura no se ha vuelto de repente salvaje; lo que ocurre, es que me teme todavía más que yo a ella. ¡Pobre animal! La tarde en que volví a casa, después del suceso en el vagón del metro, olisqueó mi pelo y mi ropa durante un buen rato. Después fue al capazo donde suele dormir y dedicó el resto de la velada a lavarse con una energía que rayaba en el histerismo. Esa fue la última vez que vino a mí en plan pacífico. A medida que pasan los días, nuestra relación se hace más difícil. Si ella pudiera, se escaparía, pero vivo en un piso alto y es una prisionera, igual que yo. Dicen que debería dejarla marchar, que retenerla es inhumano, pero es lo único que todavía da un toque de normalidad a mi vida. A pesar de que ahora parecemos dos enemigos acechándonos el uno al otro, prefiero a mi gata antes que a la matrona obesa, de cara equina, que viene a verme a diario para traerme algo de alimento. Desde hace dos meses, ella es mi único contacto con el mundo exterior, ella, el teléfono y la televisión. Esta mujer debe de sentir un odio profundo e irracional por cualquier ser viviente, a juzgar por cómo parece deleitarse con mi rápido deterioro. Le gusta describirme la evolución del mal en algún que otro de los sesenta y cinco pasajeros que iban conmigo aquella mañana. Naturalmente siempre elige los casos más alarmantes y se regodea en detalles sórdidos. El olor empalagoso que aquel día de repente se esparció en el vagón, me persigue hasta en mis sueños. Me recordaba el aroma de la mermelada de frambuesa que hacía mi madre al final del verano, sólo que era mucho más intenso. Nos miramos todos, durante unos segundos, con extrañeza; digo unos segundos, porque enseguida debimos de quedarnos dormidos. En las noticias dijeron que cuando paró el tren, encontraron una masa de gente apiñada e inconsciente. Debajo de uno de los asientos, había un artefacto extraño, una especie de humidificador que dispersaba, en forma de vaho, un líquido de color violeta. Nos llevaron a un hospital y durante varios días fuimos sometidos a un sinfín de pruebas. Luego, nos pusieron en cuarentena, en nuestros propios hogares. Lo que no sabíamos, era que la cuarentena sería indefinida y que nuestras casas se convertirían en una cárcel. La semana pasada, mandaron a un obrero y quitó todos los espejos de mi apartamento, supongo que para evitarme sufrimientos innecesarios. Pero no me hacen falta espejos para ver que el fino vello de mis brazos y piernas ha dado paso a unos pelos fuertes y oscuros que poco a poco van cubriendo todo mi cuerpo. Mis pies y manos han empezado a deformarse, pero todavía puedo sentir con los dedos los rasgos de mi cara; la boca ha aumentado de tamaño y mis colmillos son ahora algo más largos y puntiagudos; también mis orejas han crecido. Con la gorda, no necesito espejos; sin yo pedírselo, ella se encarga de señalarme cada uno de los cambios que se operan en mi fisonomía. Cuando oigo girar la llave en la cerradura, me rechinan los dientes. Por lo general, nada más entrar, frunce su ancha nariz, tuerce los labios y exclama “¡Que peste!” Hoy ha sido más cruel que nunca. Me ha contado que a una de las chicas que viajaba conmigo, han tenido que encerrarla en una jaula; se ha vuelto muy peligrosa y no deja que nadie se acerque a ella. Por lo visto, se abalanzó sobre su cuidadora y ésta se salvó de milagro. Mientras la ballena iba vomitando todo el veneno que llevaba en las entrañas, yo no podía apartar los ojos de su papada, grasienta y fofa, que temblaba con cada palabra. Me preguntaba qué sabor tendría ese cuello blancuzco bajo el cual veía latir la sangre. March 03 DÍA DE PREGUNTAS
Os pido perdón por no aparecer por aquí más a menudo. Parece ser que últimamente mi tiempo no me da para hacer todo lo que quisiera; no sé si es que corre más de prisa o si soy yo la que voy más despacio. En todo caso, no os olvido y espero que vosotros a mí tampoco. Besos a todos.
Me llamo Marcos. Odio mi pueblo y odio este colegio. Mi padre también odia vivir aquí. Dice que aquí la gente es muy cotilla y se mete donde no les llaman, que en una ciudad esto no pasaría, que allí cada uno se ocupa de sus asuntos. Cuando voy con él por la calle, nadie se acerca a nosotros, nos miran de lejos y se ponen a hablar como en secreto; en mi colegio pasa lo mismo. Hace tiempo que varios niños de mi clase me miraban raro y cuando iba donde estaban ellos, enseguida se callaban. Y hoy en el recreo, el que siempre me ha caído peor, uno que se llama Florencio y tiene la cara llena de granos, me ha dicho cosas muy feas de mi padre. Le contesté con un puñetazo pero venía con dos más y los tres se han puesto contra mí y claro, eran más fuertes que yo. Florencio es un cobarde que se pone chulo cuando está con otros, pero ya le cogeré un día, él y yo solos. Le dije que todo era mentira y se han reído en mis narices. En clase, no he parado de pensar en lo que me ha dicho, ni me he enterado de lo que hablaba la maestra. Tengo que preguntárselo a mamá. Espero que no me vuelva a decir que todo lo que hablan es por pura envidia, esa es su explicación preferida. A mi amigo Luis, sus padres también le dicen siempre que los otros niños le tienen envidia, pero en el caso de Luis podría ser, porque es el único de toda la clase que con sólo seis años ya tiene móvil. También le han comprado la mejor consola y cada día viene al colegio con ropa nueva; mi madre dice que encima es ropa de marca. Por eso es normal que a Luis le envidie todo el mundo, pero que me lo digan a mí, no lo entiendo. A mi padre no le voy a contar lo que ha pasado porque no le gustaría nada que a ese chico no le haya dado su merecido. Lo de que eran tres contra mí no sería una excusa; siempre dice que un hijo suyo no puede tenerle miedo a nada ni a nadie, que él tampoco lo tiene, y que si quiero llegar a ser un hombre fuerte como él, tengo que dejar de comportarme como si fuera una niña. Cuando era más pequeño, un día me había caído en los columpios, casi desde arriba del tobogán, y me hice un daño terrible en las dos rodillas. Sangraba un montón y en todo el camino hasta casa, no paré de llorar. Mamá me consolaba como podía pero me dolía mucho y viendo cómo la sangre había mojado mis calcetines y ya llegaba a las zapatillas, aún me asustaba más y gritaba más fuerte. Mamá me cogió en brazos y así entramos en la cocina. Mi padre estaba allí y empezó a gritar incluso más fuerte que yo. Parecía muy enfadado con los dos, pero sobre todo con mamá. Le dijo: “¡No voy a criar a otro maricón de mierda!” Después le pregunté a mamá qué era un “maricón”, pero ella no me lo dijo, sólo me dijo que papá hablaba de mi hermano que ya no vive en casa; mi hermano sólo viene a visitarnos cuando no está mi padre. Ahora ya sé lo que significa esa palabra; mi amigo Luis dice que su primo también lo es pero su padre no le ha echado de casa. El día ese en que me caí, papá mandó fuera a mi madre, me sentó en una silla y él mismo me limpió la herida con agua y jabón, pero no despacio, como lo hace mamá, él frotaba muy fuerte. Después me puso algo que picaba muchísimo y durante todo el tiempo no paraba de decirme eso, que si quería ser un hombre de verdad, no tenía que llorar por tonterías como hacen las niñas. Yo aguanté sin quejarme. Desde entonces, incluso si me hago mucho daño, nunca más lloro delante de él; con mamá sola sí. Ella me abraza y me dice: “Llora ahora todo lo que quieras, pero delante de tu padre, ni una lágrima”. Espero que hoy, cuando venga a buscarme a la salida del colegio, esté contenta. Cuando está de buen humor, no le importa contestar mis preguntas, ni siquiera le molesta si son preguntas que ya le he hecho antes. Quiero que me explique otra vez qué son esos ruidos que algunas noches se oyen en su habitación y por qué, a la mañana siguiente, es siempre mi padre el que me prepara el desayuno, me lleva al colegio y después a casa de los abuelos. No hace mucho se lo pregunté y me dijo que papá y ella estaban jugando y como papá es tan fuerte y los chicos son un poco brutos cuando juegan, a veces sin querer, la empuja y ella se cae. Pero no entiendo por qué me tengo que quedar tantos días en casa de los abuelos y ella no viene a verme. Lo que mamá me diga hoy es lo que me voy a creer, porque las madres y los padres no te van a engañar. Y si Florencio ha mentido, le voy a coger un día a ese bocazas y se le van a quitar las ganas de ir por ahí inventando historias. Y eso sí que se lo contaré a mi padre, para que esté orgulloso de mí. January 30 UNA NOTICIA ESCALOFRIANTE
Estos días nos hemos visto todos sobrecogidos por la noticia de ese conductor que tras arrollar y matar a un chico de 17 años que iba en bicicleta, pide ahora 20.000 euros a los padres (14.000 por los daños ocasionados a su vehículo más 6.000 en concepto de un coche que tuvo que alquilar mientras arreglaban el suyo). Primero no se entiende cómo a él se le dejó libre de cargos cuando iba a 113 km/hora en un tramo donde el límite de velocidad era de 90; además presentaba cierta tasa de alcoholemia que, sin llegar a ser sancionable, demuestra que había ingerido bebidas alcohólicas. Lo que sí es importante resaltar es que dicho control de alcoholemia se lo hicieron tres horas y media después del accidente, tiempo suficiente como para que los resultados ya no fueran fiables. Pero lo que desde luego nadie comprende es la absoluta falta de conciencia y sentimientos de este individuo. “La muerte del chico ya no se puede arreglar –dijo en una entrevista- lo mío sí, y esa es la única manera de que me lo paguen.” Y hay que precisar, además, que él de ninguna manera lo necesita, es un empresario que incluso tiene más de un coche. Si nosotros no lo entendemos, menos lo entienden los padres del chaval. “Y pensar que nosotros decíamos que el pobre hombre ya estaba bastante castigado con tener que cargar el resto de su vida con la muerte de una persona -afirmaba el padre- esto es increíble”.
A ver ahora qué ocurre en el juicio; esperemos que toque un juez que no sólo contemple la parte jurídica del asunto sino también la moral. Los ciudadanos se han volcado en apoyo a los padres, eso al menos demuestra que en esta sociedad todavía quedan valores y que aquí sólo se trata de un caso aislado y de un individuo completamente carente de humanidad. Y digo yo... ¿Qué son 20.000 euros comparados con el vacío que desde ahora encontrará este canalla a su alrededor? Sólo deseo que algún día se le encienda una luz y pueda darse cuenta de que es un monstruo.
January 27 MI MARIDO JUANQueridos amigos. Después de tanto tiempo sin aparecer por aquí, no sé si tendré la suerte de que me sigáis fieles. Es que he estado con la mente ocupada por asuntos varios y cuando es así, me veo incapaz de concentrarme y sentarme a escribir. Ahora parece que las cosas están volviendo un poco a su sitio (eso espero) y con suerte me dejaré ver con algo más de regularidad.
Os ofrezco mi último relato corto con un tema bastante duro que desgraciadamente no sólo ocurre en la ficción. Espero que os guste.
Mi Juan siempre ha sido el marido y padre ideal y no sólo para mí, también lo piensan mis amigas, que por sus comentarios a veces hasta noto en ellas una pizca de envidia. Incluso mi madre que siempre ha encontrado defectos en todos los chicos con los que he salido, a Juan enseguida le ha querido y no para de decirme: “¡Con este hombre te ha tocado la lotería, ya puedes cuidarle bien!” Y la verdad es que no me puedo quejar. Juan es sensible, cariñoso, atento al menor de mis deseos, muy detallista. A menudo me sorprende con algún regalo inesperado y eso que ya llevamos siete años de casados. Me ayuda con las tareas de la casa y los críos, aunque hay días en los que vuelve muy cansado y se tira al sofá nada más entrar por la puerta; allí se puede quedar durante horas con la mirada perdida, sin hablar; los chicos y yo hemos aprendido que en esos momentos es mejor dejarle en paz, así que bajamos la voz y actuamos como si él no estuviese. Cuando se le pasa, vuelve a ser el de siempre y para hacerse perdonar su falta de atención pasajera, nos suele invitar a una pizza y al cine. Lo único que podría reprocharle es su constante preocupación por cómo me visto. Antes de conocerle, me gustaba ir con falda, mejor corta que larga, ropa más bien ceñida ya que soy delgada y creo que me favorece. Para nuestra primera cita, había tardado como dos horas en maquillarme y elegir la prenda que mejor realzara mis curvas y él, en vez de decirme que estaba hecha un pimpollo, me miró con cara seria y me preguntó, un poco irónico, si pretendía conquistar a todos los hombres del barrio. Dijo que yo era muy guapa y que no necesitaba demostrarlo, que él prefería las mujeres naturales y cuanto más discretas mejor. Me molestó, todo hay que decirlo, pero durante el resto de la velada, me trató como a una reina y me olvidé del disgusto. En nuestra próxima cita, sólo me perfilé los ojos, pinté mis labios con un rosa pálido, casi transparente, y me decidí por un par de vaqueros y un jersey amplio. “¡Ésta es mi chica -exclamó al verme- hoy has venido preciosa!”. Y la tarde, de nuevo, fue estupenda. Así que con el tiempo, me fui acostumbrando a ponerme la ropa que a él le gusta y apenas me maquillo y este pequeño sacrificio él siempre me lo ha compensado con creces. Pero así y todo, de vez en cuando me sigue llamando la atención sobre un escote un poco más pronunciado de lo habitual o un vestido algo más ajustado. Suele observar a otras mujeres y las compara conmigo. Según él, casi todas andan por allí pidiendo guerra “¿Te das cuenta ésta, cómo va provocando? Con el frío que hace y ella medio desnuda. ¡Luego acusará a algún pobre tipo de haberle tocado el culo!”. No me gusta cuando habla así, su mirada se vuelve fría, parece que se convierte en otra persona. El otro día estábamos cenando delante del televisor y dieron la noticia de otra chica violada. Los hechos habían ocurrido cuando la joven volvía de la fiesta de cumpleaños de un compañero de trabajo. “Vete a saber lo que habrá ocurrido -dijo de repente Juan con una voz algo ronca- seguramente ella le habría estado tirando los tejos para luego dejarle con la miel en los labios. ¡Es que las hay muy putas!”. De nuevo, en su cara, esa expresión tan dura. Yo iba a contestarle pero se levantó de la mesa y salió del comedor. Momentos más tarde, me lo encontré en el cuarto de los niños, leyéndoles un cuento. Después les tapó con cuidado y les dio a cada uno un beso de buenas noches. No quise volver sobre el tema, preferí quedarme con esta escena. Hoy por la mañana, cuando todavía estábamos desayunando, llamaron a la puerta. Eran dos policías. Juan es el principal sospechoso de una serie de violaciones ocurridas en los últimos tres años. Mientras le ponían las esposas, a él se le veía muy tranquilo. Busqué sus ojos a la espera de alguna explicación pero ni siquiera me miró. Salió entre los dos agentes sin haber pronunciado una palabra. Ahora me pregunto quien es en realidad mi marido Juan. January 08 UNA COMIDA DIIFÍCIL DE OLVIDAR
Cuando entendí porqué las sillas a ambos lados de Juan Echegaray estaban libres mientras todas las demás habían encontrado dueño en un santiamén, ya era demasiado tarde. Con una amplia sonrisa, mis compañeros de oficina me habían indicado los asientos vacíos a la vera del tal Juan. Yo era recién llegada a la empresa, apenas llevaba dos semanas en mi flamante puesto de secretaria de dirección y hasta ahora sólo conocía a los de mi departamento. Aquella mañana, me había despertado con un principio de jaqueca que amenazaba con ir en aumento. Estuve a punto de no acudir a la comida navideña que la multinacional celebraba cada año con el fin de reunir a todos sus empleados, pero en el último momento decidí que la ocasión merecía un esfuerzo por mi parte; así que tras tomarme mi tercera pastilla de paracetamol, fui a mi asignatura de “relaciones sociales”. - ¡Hoy debe de ser mi día de suerte! Que mujer tan preciosa me ha tocado de vecina, dijo Juan Echegaray a modo de bienvenida al ver que me acercaba a él. Su voz, muy alta, retumbó en mi cráneo dolorido; me abrazó de una manera que me pareció demasiado efusiva. Aún así y a pesar de sentirme algo molesta, tenía que admitir que era un hombre apuesto, elegante y además olía muy bien. - ¿Qué te apetece tomar? -me preguntó nada más sentarme, como si se tratara de una cita íntima entre él y yo, pero antes de que pudiera contestarle, siguió: - ¡Hay que ver lo poco arreglada que viene la gente! Fíjate en estos dos, se diría que acaban de levantarse de la cama. -Mientras señalaba con la mirada a los aludidos, se pasó la mano, delicadamente, por su pelo canoso y ondulado; luego tocó el nudo de su corbata como para comprobar que ésta seguía en su sitio. - ¿No te parece un local muy cutre? Yo les sugerí un par de restaurantes estupendos pero no me quisieron hacer caso; está visto que hoy en día se premia la vulgaridad. Yo empezaba a darme cuenta donde me había metido pero ya no había escapatoria. Tras criticar con saña el aspecto, textura y sabor de los entremeses que acababan de traer a la mesa, Juan Echegaray me hizo una cuidadosa exposición de su talento culinario y sabiduría como catador de vinos. Las salsas más complicadas no tenían secretos para él, de hecho había inventado recetas que más de un cocinero de esos tan famosos estarían locos por apuntarse en su repertorio. Tuve que someterme a la prueba de la cata del vino, un Rioja que yo conocía por haberlo servido en mi casa en muchas ocasiones. Quería enseñarme los pasos a seguir para la correcta degustación de un caldo. Por supuesto, éste era de los mediocres y no merecía su aprobación, a juzgar por cómo frunció la nariz nada más olerlo. - Para cocinar está bien pero por Dios, a quien se le ocurre poner esto como vino de mesa, sentenció con aire de suficiencia. Su boca se deformó en un rictus algo cómico para manifestar el asco que le producía tan inmundo brebaje. Decidí ser paciente, más que nada para que al menos no se me indigestara la comida. Mi jaqueca volvía a la carga, con latidos punzantes que empezaban a taladrarme el cerebro. Ví a dos de mis compañeras de oficina lanzarme una mirada divertida. No cabía duda de que yo era la víctima de una especie de novatada. Aproveché un instante de silencio, porque el tipo estaba bebiendo un trago de agua, para abordar un tema más afín a mí, pero lo que yo tenía para contar debía distar mucho de ser tan interesante como lo suyo. Después de dos minutos de fingida atención y sonrisa cortés, con unas pocas palabras, logró llevar de nuevo el asunto a su terreno. ¡Y esa voz suya, demasiado potente, demasiado cercana, no paraba de martillear mis tímpanos! A pesar de mi propósito de no alterarme, el individuo estaba consiguiendo sacarme de mis casillas. Opté por ignorarle, le dejé a solas con su monólogo e intenté tomar parte en conversaciones de otros comensales, pero él no lo permitió, no faltaría más, no iba a dejarme escapar tan fácilmente. - ¿Qué me habías empezado a contar antes? Perdona que te haya interrumpido; es que a veces hablo demasiado. Lo dijo con cara de sincero arrepentimiento y una expresión de niño travieso. Y yo, ingenua, caí en la trampa. No sé cómo lo hizo, al menos en el arte de cambiar de tema, era todo un experto. Instantes más tarde, empecé a oír una anécdota tras otra y en todas, él, Juan Echegaray, era el protagonista, el héroe, el que gracias a su ingenio salvaba siempre la situación. Al llegar los postres, le odiaba con toda mi alma. Hasta su perfume que al principio tanto me había gustado, ahora me daba náuseas. En cuanto se acabó la comida, me levanté de la mesa en busca de alguien que me rescatara, y él me siguió. Todavía no estaba dispuesto a soltarme. Pero yo ya no podía más; le miré fijamente y le dije: “Me permites, voy a hablar con un amigo”. Y él debió de ver tanta rabia en mis ojos que entendió y se fue en busca de otra presa.
December 16 UNA PRÁCTICA EXTRAÑA
Peculiar intercambio de epístolas... ¡Lo que puede dar de sí una página de contactos! (Esto es verídico)
La había encontrado, como a las demás, en las páginas de una sección de contactos por Internet. La fotografía mostraba a una mujer rubia de aspecto saludable, pulcra y elegante, madura, aunque no aparentaba los años que confesaba tener. Cierta languidez que creyó percibir en su mirada, le auguraba que debía tratarse de una persona que al igual que él, todavía conservaría valores de otros tiempos, enemiga de la premura y del desasosiego tan propios de este siglo, y que por lo tanto sabría valorar lo que él deseaba ofrecerle. Así que le mandó la nota de costumbre: “Me presentaré; soy un hombre de 38 años, deportista y sano, una persona normal, con sus estudios y su trabajo. A pesar de lo aparentemente extraño, estoy buscando a una señora madura, pero cuidada y agradable y sin límite de edad para besarle los pies. Ha de saber que no me considero ningún “tipejo raro”, no soy un sujeto peligroso y sombrío de quien convenga mantenerse alejada, pese a lo que en un principio pudiera parecer. No padezco ningún trauma infantil no superado ni extrañezas psicológicas por el estilo. Besar pies es una práctica inofensiva que estaré gratamente dispuesto a ejercer con usted si así me lo permite. Para mi resulta delicioso olerle y besarle los pies a las señoras y simplemente buscaba a alguien para tales fines, si bien no es algo sencillo de lograr ya que la mayoría de las mujeres recela de un hombre más joven con gustos “tan extraños”. Si piensa que sus pies no son bonitos o están poco cuidados pero le apetece mi propuesta, no se preocupe y contacte conmigo: a mí me gustan todos los pies, no me importan las durezas ni las pequeñas deformaciones.” Volvió a leer, satisfecho, el último párrafo. Se alegraba de haberlo añadido, ya que probablemente la ausencia de respuesta de sus anteriores contactos se debía al recato que algunas señoras pudieran sentir en mostrar sus extremidades inferiores, si la naturaleza o falta de atención no las hacía del todo apetecibles. Ella no le decepcionó; pocos días después, al conectarse, encontró su respuesta. Mostraba interés, aunque con el lógico pudor y algún escrúpulo ante una experiencia tan poco habitual. Él se había apresurado a tranquilizarla: “Señora mía -le contestó-, decida usted los términos y condiciones, el lugar y el momento, la duración y el ritmo de la práctica que deseo ejercitemos juntos. Tras un día de trabajo, llega la noche. Relajada en su sofá favorito, cómodamente sentada con los pies en alto sobre un taburete, yo desde el suelo la descalzaré para pasar a oler sus pies, unos pies vestidos con medias, calientes y algo sucios tras una larga jornada en el interior de los zapatos.” Después de varios días de silencio que le hicieron temer lo peor, ella había vuelto a dar señales de vida. “Mi espíritu se ha convertido en un campo de batalla donde se enfrentan sin compasión la curiosidad y el decoro -le confesaba-; de hecho el tiempo que me he tomado para escribirle esta nota se debe a la lucha sin cuartel que se libra en mi interior.” Manifestaba lo sola que se encontraba ante el dilema, ya que la seguridad de que su “aventura” sería cruelmente condenada por amigos y familiares, le había impedido, de momento, solicitar consejo de nadie. Era una carta muy extensa, que describía con todo detalle el mar de dudas en el cual estaba sumida. Casi sin pensarlo, entre desesperado y algo impaciente, tecleó un mensaje destinado a disipar sus temores. Quería quitarle importancia al tema y así tranquilizarla. “Mi señora -le dijo-, le agradezco tan abultada respuesta. No pienso que la cuestión que nos ocupa merezca semejante sopesar, ni librar batallas, ni aconseje tampoco la consulta a terceras personas. Se trata de besar unos pies, nada más. Ha de proceder en función de sus apetencias”. Al darle a la tecla de envío, experimentó la brutal sensación de un desenlace fatídico y ya irremediable. No se había equivocado; ella no volvió a contestar.
December 12 DESPEDIDAAquella tarde, Samuel llegó a casa más temprano que de costumbre. En vez de hundirse en el sofá, se sentó en el borde de una de las sillas del comedor, como alguien que viene de visita por primera vez. Tampoco se quitó los zapatos. De un paquete recién empezado, sacó un pitillo; sin encenderlo, lo colocó entre sus dedos índice y corazón. - ¿Has vuelto a fumar? –preguntó Ruth. Su voz había sonado más fuerte y autoritaria de lo que ella hubiera querido. Llevaba meses con los nervios a flor de piel y por más que se lo proponía, no lograba dulcificar el tono. Samuel se levantó sin mediar palabra. Tras un molesto ruido de cacharros, llegó hasta el salón el aroma a café. Ruth esperó, pero Samuel no volvía. Fue hacia la cocina y le encontró de pie delante de la encimera, con una taza humeante entre las manos. - Voy a dejarte –le dijo- y se puso a sorber el líquido caliente. Clavaba en ella una mirada helada de ojos azules y ella supo que esta vez iba en serio. -¿Pero qué hablas? ¿Te has vuelto loco? Ruth se oyó chillar con un sonido agudo que presagiaba la histeria; la calma y la frialdad de él siempre conseguían sacarla de sus casillas. - ¿Me quieres decir a qué viene esto? ¿Acaso no estamos bien? - Es lo mejor para los dos; tú y yo ya no nos aguantamos. ¿Es que no te das cuenta que hemos llegado al límite? ¡Hace tiempo que tenía que haberme marchado! Samuel apuró el café y se dirigió al dormitorio. Sacó la maleta grande y empezó a llenarla con su ropa, de cualquier manera, sin doblarla. De repente parecían haberle entrado prisas. Ruth le observaba desde la puerta del baño. Intentó controlarse y con una voz que le salió algo temblorosa dijo: - Seguro que dentro de unos días te lo pensarás mejor y volverás. La misma escena se había repetido más de una vez a lo largo de los últimos años y él siempre acababa por regresar, en ocasiones sólo pocas horas más tarde; pero hoy era distinto. Ruth sintió crecer en su interior una mezcla de miedo y rabia; se hacía cada vez más grande, como la nieve que cae por una pendiente y se convierte en avalancha. Le entró una risa loca, incontenible. Samuel la miró y bajó la tapa de la maleta. - Mandaré a por el resto mañana –dijo- y sin mirarla, fue hacia el vestíbulo. Se notaba que quería alejarse de allí cuanto antes. La puerta se cerró con un chasquido. Ruth oyó cómo entraba en el ascensor y el lento caminar de éste hasta llegar a la planta baja del edificio. Cuando volvió el silencio, al fin pudo llorar.
December 06 UN RECUERDO DE MI INFANCIANo sé si a vosotros os ocurre lo mismo, pero a mí las Navidades, desde hace muchos años, siempre me sumen en una especie de tristeza, de melancolía. Supongo que será porque en estas fechas notas con más fuerza la ausencia de tus seres queridos. En estos días, suelo pensar en mi pasado, cuando era niña; de repente, me vienen a la mente cosas que creía completamente olvidadas pero que indudablemente han estado siempre allí, porque han sido importantes para mí. Querría compartir con vosotros uno de estos recuerdos.
Un año más, las calles se visten de luces, brillan los escaparates con oro y plata, el aire frío huele a castañas asadas y pino recién cortado y yo, entre la multitud alborozada, os añoro. El dolor por vuestra ausencia siempre se acrecienta en estas fechas; es cuando las imágenes del pasado acuden a mi memoria con más claridad; vuestros rostros adquieren una nitidez sorprendente y los recuerdos se despojan de su envoltura de sombras. Hay tantas cosas que nunca os llegué a preguntar, cosas triviales y que de repente cobran importancia sólo porque ya no me podéis contestar. Cuando eres joven, piensas que queda mucho tiempo para todo, pero el tiempo a veces juega en nuestra contra y nos deja sin respuestas. También tengo dentro de mí el pesar de las palabras no dichas, de los sentimientos guardados para mejor ocasión; al fin he aprendido que no hay que cansarse de decir “te quiero” a los seres que amamos, decírselo cada día, como si fuese el último. Aquí en soledad, rodeada de silencio y con las reminiscencias a flor de piel, querría contaros algo. ¿Os acordáis de la primera vez que me separé de vosotros? Tenía cinco años y en cuanto llegaban los primeros fríos, cogía unas anginas tremendas que me recluían en la cama durante días, con fiebre muy alta. En esa época, todavía no existían los remedios mágicos de hoy y tú, mamá, te pasabas las noches al lado de mi cama, poniéndome paños húmedos en la frente. Nuestro médico de cabecera conocía ya nuestra casa al dedillo; ahora, al evocarle, le veo con toda claridad, muy alto, con su abundante pelo blanco y esa voz suya tan potente que nos infundía respeto y la tranquilidad de sabernos en buenas manos. Abría su maletín negro de donde sacaba el instrumental sin dejar de hablar y darnos órdenes: lo primero era siempre hervir la jeringa que había de ser usada para la inyección; mi habitación estaba al lado de la cocina y desde allí oía con temor los preparativos. El buen hombre, en una de sus numerosas visitas, os dijo que lo mejor para mí sería mandarme, el próximo verano, a una colonia de vacaciones situada en los Vosges, el monte más alto de nuestra Alsacia; según él, un mes en ese lugar, con el aire maravilloso que se respiraba, haría milagros. Así que un día de julio, desembarcamos allí los tres y mi maleta roja que tú, papá, llevabas con aire muy serio. Yo tenía el corazón en un puño; me agarraba a vuestra mano mientras miraba a mi alrededor, imaginando mi vida sin vosotros. Había muchos niños jugando con evidentes muestras de felicidad y yo intentaba verme a mí misma formando parte de este alegre bullicio. Nos enseñaron el cuarto que iba a compartir con cuatro niñas más; cuando entramos, el suelo estaba lleno de bultos, zapatos y prendas de toda clase que nadie se molestaba en recoger. Mamá, tú abriste mi maleta sobre una de las camas y sacando mi ropa, la colocaste en el armario con esa mezcla de diligencia y ternura que ponías en todos tus actos. Después nos dieron una vuelta por el resto de las instalaciones y el jardín. Ya se habían marchado la mayoría de los padres y pronto os iríais también, y yo cada vez me sentía más desgraciada. Intentabais animarme con palabras, sonrisas y promesas; me decíais que dentro de una semana vendríais a verme y que podría volver a casa si no estaba feliz. Nos encaminábamos hacia el coche; se acababa el tiempo. En un último esfuerzo, logré retener las lágrimas que amenazaban con estropearlo todo. ¡Me habíais dicho que era por mi bien y además allí no había visto llorar a nadie y yo tenía mi orgullo! Os fuisteis rápido, casi como escapándoos, y yo lo preferí así; ¡no hubiese podido resistir una despedida más larga! Nunca os dije lo que hice después de vuestra partida. En el suelo arenoso quedó marcada la huella de los neumáticos de nuestro coche; se mezclaba con las huellas de otros coches que no tenían nada que ver conmigo y, como pude, intenté seguir mi huella, separándola de las demás. Permanecí allí durante mucho tiempo, mirando esos dos surcos que eran el último lazo que todavía me unía con vosotros, viendo como el paso de los vehículos los iba borrando, centímetro a centímetro, irremediablemente, hasta velarlos por completo. Vinisteis a verme una semana más tarde, dispuestos a llevarme de vuelta a casa, al menos tú, papá, que cuando os dije que ya tenía muchas amigas y me quería quedar, creí ver un atisbo de decepción en tu cara; seguro que me echabas mucho de menos. Mamá, en estas cosas, era más fuerte que tú, quizás porque se acordaba de sus largas noches en vela que, por cierto, no se repitieron; el galeno había acertado con su recomendación y mis anginas desaparecieron para siempre.
December 03 LA CRISIS DE LOS CINCUENTAAquí tenéis, recién salido del horno... Espero que os guste!
A Francisco Aguilar nunca se le había pasado por la cabeza que su vida podría cambiar cuando cumpliera los cincuenta. Empezaba a lamentar haber acudido a la comida anual con sus compañeros de quinta. Entre todos, se habían empeñado en mentalizarle sobre lo que le esperaba dentro de tres meses. - Paquito, ya lo verás, -le estaba diciendo uno de ellos- es como un punto entre el antes y el después y a partir de allí todo comienza a ir cuesta abajo. Es algo parecido a la menopausia en las mujeres, pero en peor, porque todavía no se ha encontrado ningún remedio y si se te ocurre quejarte, encima te toman el pelo. - ¡Anda ya, que exagerado!, -le había contestado, intentando tranquilizarse, pero en su interior iba creciendo la preocupación a medida que sus amigos seguían enumerando las calamidades que pronto le caerían encima. - ¡Macho, vas por la calle o entras en un sitio, y es como si no existieras. Le dices un piropo a una y te mira con cara de lástima, si es que no te manda a paseo! Así estuvieron durante toda la comida y parte de la sobremesa. Francisco salió del restaurante, hundido y de mal humor. En el coche, de camino a casa, intentó imaginarse su futuro de hombre invisible. Sintió un sudor frío recorrerle la espalda. Las manos le temblaban y al echar una mirada al cenicero se dio cuenta de que en menos de diez minutos se había fumado tres pitillos. “Tengo que dejar de fumar” pensó sin la menor intención de cumplirlo. Era sólo otro más de los propósitos que cruzaban su mente cada día, como lo de apuntarse a un gimnasio, reducir el consumo de grasas, alcohol y café. De repente, no podía soportar la idea de meterse en casa, necesitaba ver gente y convencerse a sí mismo de que todo esto no eran más que tonterías, que por unos meses nada tenía porque cambiar, así que decidió salir de la autopista y hacer un alto en el primer bar que encontrara. Éste no tardó mucho en aparecer. Visto desde fuera, no tenía buen aspecto, era más bien siniestro con ese anuncio de luz de neón parpadeante que decía “Hostal la Pera”. A Francisco le daba igual; en estos momentos, cualquier cosa le valía. Dejó el coche en lo que debía ser el aparcamiento, unas barras metálicas oxidadas, cubiertas por un techo de uralita con agujeros en varios sitios. El lugar no parecía estar muy frecuentado; aparte del suyo, sólo había tres coches más debajo del cochambroso tejadillo. Cuando entró en el bar, un vociferante aparato de televisión retransmitiendo un partido de fútbol estuvo a punto de hacerle dar media vuelta, pero decidió que no importaba. Tomó asiento en la barra. El local estaba vacío, menos un camarero gordo, de aspecto sucio, y una pareja sentada cerca de donde estaba él, en una de las mesas preparadas para la cena de improbables clientes. Los observó por el espejo que ocupaba todo el largo de la pared detrás del mostrador. La mujer le gustaba; era una pelirroja de unos cuarenta años, guapa. No pegaba para nada con ese cuchitril; se preguntó qué asuntos habrían llevado allí a una criatura como ella. Si de algo entendía era de mujeres, y a ésta se le notaba a la legua que estaba harta de su acompañante que parecía hipnotizado por la pantalla del televisor. De vez en cuando, le lanzaba una mirada furibunda de la que el otro ni se enteraba. “¡Imbécil –pensó Francisco- si yo estuviese con este bombón, ten por seguro que sabría cómo tratarla!” Se puso a examinar a la mujer, ahora directamente y con descaro, siguiendo con la mirada cada línea del perfil de su cara, acariciando cada curva de su cuerpo. Ella no tardó en girar la cabeza hacia él y sus ojos se encontraron. La corriente se había establecido. Francisco cogió la copa que acababan de servirle y la levantó en un brindis silencioso a la desconocida. Ésta, con una sonrisa coqueta, le respondió con el mismo gesto. El partido de fútbol estaba en su apogeo y mientras el acompañante de la bella dama pegaba patadas a un balón imaginario, Francisco Aguilar iba progresando en su diálogo mudo con ella. Un agradable cosquilleo le recorría las entrañas. Se vio reflejado en el espejo, con su pelo plateado todavía abundante, su tez bronceada y su porte airoso. Sonrió al recordar la comida y las oscuras predicciones de los compañeros. “¡Amigos míos –pensó-, allá vosotros con vuestros miedos, a mí todavía me queda mucha cuerda!”
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