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¡Gracias por tu visita! Quería aprovechar mi faceta de escritora aficionada y qué mejor que plasmar mis pensamientos y preocupaciones del día a día y también regalaros, de vez en cuando, algún relato. Agradezco mucho vuestras visitas y vuestros comentarios. Espero que este espacio siga siendo de vuestro agrado por mucho tiempo. Gracias por vuestro interés y apoyo. |
March 22 DIECISEIS ESCALONES Aquí va una de suspense.... Marta esperó a que la casa se quedara en silencio y sin encender la luz, descalza, salió de su habitación. Cruzó a tientas el largo pasillo, evitando pisar por donde sabía que la madera del suelo crujía. Se paró delante del cuarto de Sam y Lucy. Sólo se oían los ronquidos del gordo de Sam, que después de la botella de vino que se había tomado con la cena, eran todavía más escandalosos que de costumbre. Marta tenía los dedos sudorosos de tanto apretar la llave del desván. Esta tarde, en un momento de descuido de Sam, había aprovechado para robársela. Rezó para que él no se diera cuenta y, durante toda la cena, no paró de llenarle la copa. Sabía que cuando Sam se emborrachaba, lo único que quería hacer era tirarse en la cama, como un saco, en compañía de Lucy, y los dos no tardaban en quedarse como troncos. La primera parte del plan había funcionado, pero quedaba lo más difícil. Ahora que pronto iba a tener respuestas, ya no estaba tan segura de querer saber lo que había en el ático. Una noche tras otra, desde que la pareja le alquiló la habitación, oía ruidos que provenían de arriba. Eran sonidos que no conseguía identificar; a veces, parecía como si alguien andara, arrastrando los pies; en otras ocasiones, incluso había creído escuchar una especie de gemido. Al principio, pensó que podía ser el viento, metiéndose entre las grietas del viejo caserón. Eso fue lo que pensó, hasta que una mañana, al mencionarlo durante el desayuno, vio cómo la cara de Lucy se contraía y clavaba sus ojos saltones en Sam. Éste murmuró unas palabras que Marta no entendió y, poco después, los dos salieron de la cocina. Mientras terminaba de tomarse el café, Marta los oyó discutir. Esa misma tarde, cuando volvió del trabajo, Lucy le anunció que Sam y ella habían trasladado todas sus cosas a otra habitación, en el ala opuesta de la casa. “Allí dormirás muy tranquila”, le había dicho, sin darle más explicaciones. Y es entonces cuando Marta empezó a sospechar, y más aún el día en que se dio cuenta de que la puerta que subía al desván estaba cerrada con llave; y la llave de esa puerta sólo podía ser una que Sam siempre llevaba consigo, en vez de echarla, junto a las demás, en la bandeja de cobre del vestíbulo. Era una llave grande que a veces, incluso, asomaba la cabeza por el bolsillo de su chaqueta. Hoy, por primera vez, Sam la había dejado encima del aparador. Ahora que Marta se encontraba al pie de la escalera, con la puerta ya abierta, tuvo que luchar contra las ganas de volver a la cama, de olvidarse del pánico que vio en la cara de Lucy cuando le preguntó sobre los ruidos que se oían en la buhardilla. ¿Por qué no seguir viviendo, como si no pasara nada? Le vinieron a la mente las palabras de su madre, que le decía que la curiosidad podía ser peligrosa y que había asuntos en los que era mejor no meterse. Se quedó mirando hacia arriba. Las escaleras siempre le habían parecido un lugar inquietante; le angustiaba el espacio desconocido que te esperaba al final de una serie de peldaños. Pero sólo dudó unos instantes; hubiese sido absurdo echarse atrás ahora. Buscó el interruptor que encendía la luz de la escalera y al no encontrarlo, comprobó que si dejaba abierta la puerta del pasillo, había suficiente claridad, así que empezó a subir. Para darse ánimos, se puso a contar a media voz los escalones: uno... dos... tres... cuatro... cinco... Estaba llegando casi al final, cuando, abajo, la puerta se cerró con un golpe seco. Marta se quedó rígida en la oscuridad. El silencio era tan profundo que casi podía oír los latidos de su corazón. Una vez que sus ojos se acostumbraron a las penumbras, vio que parte del ático estaba bañado en una luz blanquecina que, supuso, sería de la luna que se filtraba por alguna claraboya del tejado. Era el único punto iluminado en medio de las tinieblas así que, tras franquear los últimos escalones, fue hacia allí, como las moscas atraídas por una bombilla encendida. Un
olor a suciedad y comida rancia impregnaba el ambiente. Al pisar algo que se
asemejaba a una alfombra o manta rústica, un bulto informe empezó a moverse a
sus pies. De debajo de un amasijo de
trapos mugrientos, asomó una cara
monstruosa, enmarcada por una maraña de pelo hirsuto, con una textura lanosa, de
color indefinido. Lo único humano que había en ese rostro eran sus ojos,
grandes y saltones, que a Marta le recordaron los de Lucy. La criatura estaba
recostada contra el muro, en una actitud grotesca, con la cabeza y el tronco
inclinados hacia un lado, y fijaba en ella una mirada extraviada. Su boca,
enorme, de labios muy gruesos, se retorció en una mueca que parecía una sonrisa
diabólica, dejando ver unos dientes ennegrecidos. Extendió los brazos hacia
Marta mientras que de su garganta salían sonidos guturales, como los de un
animal atrapado en un cepo. Al moverse,
se produjo un ruido metálico y Marta vio que en una de sus muñecas llevaba un
brazalete de metal del cual partía una larga cadena que la unía a una argolla
fijada en la pared. Marta estaba paralizada.
La criatura intentó levantarse pero cayó de rodillas y, en esa postura, empezó
a reptar hacia ella sin dejar de proferir unos gruñidos salvajes que iban en
aumento. En su camino, volcó una escudilla que derramó en el suelo un infame
líquido de color verdusco. La imagen, aterradora, le hizo reaccionar a Marta y,
agarrada a la barandilla, a pesar de que la escalera estaba completamente
oscura, bajó corriendo. Buscó a tientas el picaporte y cuando puso la mano en
él y comprobó, tras varios intentos, que no se movía, recordó de nuevo las
palabras de su madre, cuando le decía que la curiosidad, a veces, te jugaba
malas pasadas.
March 06 EL RETRATO
Te veo, desde la pared del vestíbulo, cuando te sientas en el sofá. Tú casi nunca me miras, soy parte del mobiliario, algo que lleva en tu vida mucho tiempo, desde que eras muy joven. Veintiún años acababas de cumplir, cuando ese pintor se empeñó en plasmar tu imagen en un lienzo. Insistió en ello, dijo que era como un reto. Por lo visto, otros, antes que él, lo habían intentado sin conseguirlo. Según ellos, tenías unos rasgos complicados, algo misterioso que hacía que cada vez que te miraban, tu rostro cambiaba. No eran cambios importantes, sino pequeños detalles, una luz distinta en los ojos, cierta expresión en la boca... se volvían locos. Retocaban, una y otra vez, y tú te cansabas de posar. Ese pintor afirmaba que el problema era que no habían sabido captar tu esencia, que se habían limitado a reproducir lo superficial. Tardó varias semanas en hacer tu retrato, y mientras daba brochazos en la tela, no dejaba de preguntarte cosas. Tú sólo deseabas que terminara cuanto antes. Después de muchas sesiones que te dejaban exhausta, por fin llegó el día en que dio por finalizada su obra. En todo este tiempo, no te dejó echar ni un vistazo; quería que fuera una sorpresa. Yo no tenía ni idea de cómo había quedado, y mi única manera de averiguarlo era estudiar tu reacción al verme. No sé cómo lograste engañar a ese pintor, a mí no me engañaste. Recuerdo que tus primeras palabras fueron: “¿Esa soy yo?” Y ante la expresión feliz y satisfecha del artista, añadiste: “¡Me has dejado más guapa de lo que soy!” Nunca entendí por qué no le dijiste la verdad. Quizás te dio pena el hombre. Que yo no te gustaba, lo supe en cuanto me miraste. Más tarde, tus comentarios, mientras me enseñabas a tus amigos, acabaron de convencerme que no me había equivocado. Me encontrabas la mirada triste y el tono de mi piel te parecía demasiado oscuro. Lo mismo opinaban tus amigos, algunos, incluso, fueron bastante más crueles conmigo y dijeron que tú eras mucho más guapa que yo. De un lugar privilegiado que me diste, al principio, encima de la chimenea del salón, empezaste a relegarme, poco a poco, a rincones cada vez más sombríos. Y llegó el día en que en una de tus múltiples mudanzas, me dejaste aparcada en el cuarto de los trastos, entre cajas sin abrir, una aspiradora vieja y otras antiguallas. Estuve allí durante muchos años, llenándome de polvo y telarañas. A veces, subías al trastero y al oír tus pasos me ilusionaba; pensaba que venías, por fin, a buscarme. Pero ni siquiera me regalabas una mirada y cuando se apagaba la luz y el sonido de tus pisadas se alejaba, escaleras abajo, me sentía realmente desgraciada. Ya estaba resignada a que jamás querrías volver a verme, y entonces me diste mi mayor alegría. Fue en tu último traslado, a Madrid, en el 2001. Nunca habías vivido en un piso tan pequeño y, aún así, encontraste un hueco para mí. Me colgaste en la pared del vestíbulo, detrás de la puerta de entrada. Es un sitio discreto, más bien oscuro, pero en ninguna otra época de mi vida he sido más feliz. A veces, al pasar delante de mí, te paras a contemplarme y ya no veo rechazo en tu mirada. He llegado a pensar que igual es porque ahora te gustaría ser yo, o, quizás, sea una forma de compensarme por todo el tiempo que has renegado de mí. Todavía hoy, cuando vienen tus amigos a verte, dicen que a pesar de los años transcurridos, tú sigues siendo más guapa que yo, que tienes un algo que yo no tengo, pero a mí eso ya no me importa. February 10 ÚLTIMO DÍA DE GLORIAInmaculada colgó el teléfono con un grito de alegría: el Presidente en persona acababa de comunicarle su inminente nombramiento como Ministra de Asuntos Sociales. La mayoría apostaba por otro candidato, de más edad y experiencia, como la persona idónea para el cargo. Pero el Presidente había puesto su confianza en ella, Inmaculada Sánchez Mechero, hija de José y Antonia, panaderos y descendientes de panaderos, en un humilde pueblo de Extremadura. Desde muy joven, Inmaculada tuvo claro que sudar la gota gorda bajo el calor abrasador del horno de pan no estaba hecho para ella, como tampoco el levantarse, todos los días del año, antes de que apuntara el alba. Inmaculada quería hacer algo grande en la vida y le sobraban cualidades para lograrlo. Una mente privilegiada, sus insaciables ganas de aprender y la ambición la habían llevado hasta el día de hoy, su día de gloria. Deambuló por el pequeño apartamento, sin rumbo fijo, eufórica. Al entrar en el dormitorio, captó de reojo su imagen en el espejo del tocador. “¡Cada vez me parezco más a la tía Carlota!”, pensó. “¡Carlota Mechero, largo de aquí. Hoy es mi día, no se te ocurra estropeármelo!” En respuesta, Carlota le sonrió, con una sonrisa irónica que más que sonrisa parecía una mueca burlona. Carlota... la oveja negra de la familia, la rebelde. Hacía cosas raras como cambiar de novio cada dos por tres; no se supo de ninguno que le durara más de unas pocas semanas. Fumaba en plena calle, tabaco negro, el más fuerte que había. Le gustaba ir al bar, ella sola, como si fuese un hombre, y se ponía a hablar con cualquiera, dando voces y riéndose a carcajadas. A veces, incluso invitaba a todo el mundo a una ronda. Pero lo peor fue cuando se descubrió que para colmo, a Carlota le gustaba apropiarse de bienes ajenos. Empezó a robar objetos de poco valor, como alguna revista de moda en el kiosco de la plaza o un cepillo para el pelo en la droguería. Pero poco a poco, el asunto fue a más y llegó un momento en que prácticamente tuvieron que echarla del pueblo. Inmaculada había oído muchas historias sobre la hermana díscola de su madre y, en el fondo, sentía una especie de curiosidad malsana por esa mujer fuera de lo común, que siempre iba a lo suyo, haciendo caso omiso del qué dirán. Un día, recién llegada a la capital, quiso experimentar lo que debía sentir Carlota cuando sustraía algún artículo. Entró en el Corte Inglés, a la sección de cosméticos, y al ver a todas las dependientas ocupadas, cogió rápidamente una barra de labios y la deslizó en el bolsillo de su abrigo. La mezcla de miedo y placer que empezó en su bajo vientre y fue subiendo hasta su pecho, en oleadas de calor que casi la dejaron sin aliento, había sido una sensación extraordinaria. Fue a partir de entonces cuando Carlota empezó a aparecer en el espejo del tocador. Había días en que Inmaculada volvía a casa con media docena de objetos. No era tanto su valor material lo que importaba, sino lo arriesgado que había sido hacerse con ellos. Pero hoy, desde luego que no necesitaba de más emociones fuertes; sólo tenía ganas de salir y perderse por las calles, sumergirse en el bullicio de gente desconocida, saborear en el anonimato su triunfo. En la barra de una cafetería cualquiera, pidió un helado gigante con mucha nata y un espeso sirope de frambuesa. Mientras lo iba saboreando, tía Carlota le sonreía, desde la tapa de acero inoxidable del mostrador... Y entonces, al lado de la cara de Carlota, Inmaculada vio un bolso abierto y dentro, un monedero de un color rojo cereza que le parecía un color realmente especial, igual al color de las cerezas de su tierra. “Sólo una vez más, -pensó- la última”... ¡Cómo disfrutó al apoderarse, entre tanto público, del pequeño portamonedas, de cuero liso y suave, para dejarlo caer rápidamente dentro de su bolso! Pero lo que ya no le gustó, fue verse deslumbrada por el inesperado relámpago de un flash y descubrir, detrás de esa luz, la cara emocionada de un fotógrafo que acababa de lograr la instantánea del día. Y mientras el hombre con su cámara salía disparado hacia la calle, Inmaculada Sánchez Mechero tuvo la tremenda certidumbre de que para ella ya no habría más días de gloria.
November 21 UNA MAÑANA DIFERENTE
Otro relato algo inquietante. Nunca sabemos lo que nos espera... La mañana era gris, húmeda y fría. El otoño había entrado de forma repentina, después de un verano más tórrido de lo habitual. Soplaba un aire molesto, mezclado con lluvia, que a pesar de ser muy fina te traspasaba la ropa de forma insidiosa y en un instante llegaba a la piel. La parada del autobús estaba desierta. A Fernanda le extrañó la ausencia de Matilde, la mujer parlanchina que cada día le soltaba retazos de su vida. Hoy tampoco estaba su vecina del quinto, una francesa con voz chirriante, que a pesar de llevar diez años en España, se empeñaba en hablarle a todo el mundo en su idioma materno. También echó en falta al señor alto y enjuto, de pelo canoso, que siempre andaba muy erguido y jamás dirigía la palabra a nadie. Un escalofrío la recorrió de la cabeza a los pies cuando se sentó en la helada banqueta metálica de la parada. Estos bruscos cambios de temperatura le dejaban a uno el cuerpo debilitado, como después de una resaca. El cielo estaba cada vez más negro; a pesar de que eran ya las diez de la mañana, parecía casi de noche. El autobús llegó a la hora exacta, ni un minuto antes ni un minuto después de su horario habitual. Cuando se abrió la puerta, Fernanda subió con dificultad los dos peldaños. Esta mañana, le dolían todas las articulaciones. El dicho de que los años no perdonan a nadie, por desgracia empezaba a ser cierto, incluso para ella, que hasta hace bien poco, había desafiado el paso del tiempo. Hoy era otro conductor, un tipo flaco, con cara grisácea y manos huesudas. Fernanda siempre se fijaba en las manos y éstas, descarnadas y amarillentas, le recordaban las garras de un pájaro de presa. Como de costumbre, se dirigió a la parte trasera del vehículo. Desde allí, tenía una panorámica de todo el interior y podía observar a los viajeros; su innata curiosidad había convertido el observar y escuchar a los demás en uno de sus pasatiempos preferidos. En su recorrido, buscó algún rostro familiar; curiosamente, esta mañana eran todo caras nuevas. Por un momento, tuvo la sensación de haberse equivocado de línea o, quizás, le había fallado el reloj; pero no, tanto la línea como la hora eran las de todos los días, tal y como indicaba la banda luminosa encima del conductor. En el autobús, reinaba el más absoluto silencio. Cada pasajero parecía inmerso en su propio mundo, con la mirada fija en algo sólo visible para él. Tampoco se oía ningún ruido procedente de la calle. Al cabo de un rato, Fernanda empezó a sentir cómo se le formaba un nudo en la garganta al darse cuenta de que el vehículo no se había detenido en ninguna de las paradas, a pesar de que éstas estaban abarrotadas de gente. Había oscurecido todavía más y la lluvia caía en tromba, cubriendo las ventanas con una gruesa cortina líquida que dificultaba la visibilidad. A duras penas pudo Fernanda vislumbrar la proximidad de su punto de destino. Pulsó el botón de parada pero el conductor, de nuevo, pasó de largo a toda velocidad. “¡Oiga, pare!” gritó varias veces, poniéndose en pie. Gritó muy fuerte, eso al menos pretendía, pero no oyó ningún sonido salir de su garganta. Todos, a su alrededor, estaban ahora profundamente dormidos. Fernanda sintió de repente un tremendo cansancio apoderarse de cada parte de su cuerpo. Se dejó caer en el asiento. A través de los cristales mojados, vio brillar un rayo de sol con un fulgor tan intenso que la deslumbró. Dentro del autobús, había una agradable penumbra y sólo se oía el suave ronroneo del motor. Fernanda recostó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. November 20 MI PRIMA NICOLEA ver si este relato ahora se publica bien. Intenté publicarlo ayer pero algo debe de haber fallado ya que Vendy me dice que no ha podido encontrarlo.
Mi prima Nicole... la volví a ver en el entierro de su padre, el tío Robert. Habían transcurrido cerca de veinte años desde nuestro último encuentro, veinte años durante los cuales no intercambiamos ni una llamada telefónica, ni una tarjeta de navidad, aunque yo, a través de terceras personas, siempre supe acerca de ella. La ví demacrada y muy envejecida. La muerte de su padre debió de afectarla de manera tremenda; siempre había existido entre ellos dos una relación de compañeros, de amigos. De adolescente, Nicole, con toda confianza, solía hablarle de los chicos que le gustaban y le pedía consejos sobre cómo actuar para conquistarlos. En mi casa, semejante manera de educar a una hija era algo inconcebible. “A este hermano mío se le ha ido la cabeza con tanto viaje al extranjero, -le oí decir a mi padre en más de una ocasión- algún día lamentará no haber tenido más mano dura”. Pero que yo sepa, el tío Robert nunca tuvo que lamentar nada; Nicole fue una hija modelo que cuidó de su padre con cariño hasta el último día de su vida. Mi prima aún no se había fijado en mi presencia y aproveché para observarla. Estaba marchita. No quedaba rastro de esa belleza que yo siempre había admirado tanto y, por qué negarlo, envidiado. ¿Dónde estaba su abundante y ondulada melena cobriza de la que tanto alardeaba en mi presencia, comparándola con mi pelo ralo y tieso, de color rubio desteñido como decía ella? ¿Y esa piel, lisa y mate, que no necesitaba de ningún retoque para disimular imperfecciones? No como la mía, llena de pecas, que tanto en verano como en invierno, me salpicaban el rostro. “¡Hay que ver, -solía bromear Nicole- cualquiera diría que has tomado el sol con colador!” ¿Por qué se mostraba tan cruel conmigo? Yo odiaba los domingos porque casi todos los domingos había que ir a casa de mis tíos y me tocaba aguantarla. En cuanto entrábamos por la puerta, me agarraba del brazo y me llevaba al cuarto de su madre. Una vez allí, se sentaba delante del tocador y, con una maestría asombrosa en una niña de sólo diez años, iba aplicándose diversos productos en la cara que, al cabo de pocos minutos, la transformaban en una chica mayor, bellísima. Mientras ella examinaba, complacida, su imagen en el espejo, yo cogía una barra de carmín e, imitando sus gestos, torpemente, intentaba seguir el dibujo de mis labios. Nicole no tardaba en pegarme un golpe seco en el dorso de la mano. “¡Quieta ahí, por mucho que te pintes, siempre serás un patito feo; así has nacido y así te quedarás toda la vida!” Y sus ojos volvían al espejo, y su boca, de un rojo cereza brillante, sonreía. La odiaba y al mismo tiempo la tenía en un pedestal. Hubiese dado cualquier cosa por parecerme a ella. Después de contemplarse durante largo rato con mirada satisfecha, Nicole sacaba un algodón, lo empapaba en leche desmaquilladora y exhalando profundos suspiros, iba borrando de su cara todo vestigio de afeites. A ella le hubiese gustado poder seguir luciendo el maquillaje; a mí, incluso con la piel completamente limpia, seguía pareciéndome preciosa. Y pasó el tiempo, crecimos y nos distanciamos. Por suerte para mí, las visitas de los domingos se fueron espaciando hasta hacerse casi inexistentes. Una tarde, me la encontré en la cafetería de unos grandes almacenes. La acompañaban dos amigas; las tres iban de punta en blanco, espléndidas, con tacones de aguja y oliendo a perfume caro. Nicole me dio dos besos y me presentó: “La flacucha de mi prima” –dijo- y apretó los labios de una forma que casi la hacía parecer fea. Las tres se echaron a reír y siguieron hablando de moda y de hombres, como si yo no estuviera. Ese día es cuando decidí que no quería verla más. Y ahora estábamos aquí, juntas de nuevo, después de tantos años. Alguien me tocó el hombro, suavemente. Me volví; era ella. De cerca, el cambio en su físico era aún más desolador. “Pensé que no vendrías” -dijo- y ví que le temblaban las comisuras de los labios. Nos abrazamos, más bien ella casi se colgó de mí, con todo su peso, como quien se agarra a un salvavidas para no ahogarse. Creo que me susurró “perdóname”, pero no puedo asegurarlo. Todavía hoy, no sabría definir el torbellino de sentimientos que me invadió durante ese abrazo: triunfo, pena, añoranza, ganas de estrujarla y protegerla, ganas de reír y de gritar. Hasta hoy tampoco he podido olvidar cómo me miró aquel día, con sus ojos tristes y enrojecidos, en los que por primera vez pude leer que me quería.
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